miércoles, 16 de noviembre de 2011

Diversidad de intereses

Muchas veces, me sorprende la capacidad de algunas personas para mantenerse interesadas en solamente un campo del saber durante toda su vida. Cuando entro en el Edificio A.D. Hope (donde está la oficina en la que llevo a cabo mi investigación) por el acceso Poniente, debo avanzar por un pasillo a cuya derecha hay varias oficinas de catedráticos de antropología. Todos ellos se ven mayores: son canosos y la edad se nota en sus rostros. Y siempre me pregunto cómo han mantenido vivo su interés principal en un solo campo del saber, divorciándose de todo el resto. Ciertamente, resulta imposible no necesitar nada de los otros campos académicos al momento de llevar adelante alguna investigación. Tampoco es plausible que ellos no cultiven algún otro tipo de interés fuera de la oficina. Sin embargo, dedican la mayor parte de su tiempo a la investigación en antropología. Y es precisamente esto lo que me ha llevado a un elevado nivel de estrés durante los últimos meses: la concentración excesiva sobre un solo campo de mis intereses.

No cabe duda de que me encanta mi campo de estudios y especialmente lo relativo a los testimonios artísticos y literarios de un tema en su tránsito a través de los siglos. De ahí que mi tesis de grado sea un análisis sobre quince versiones literarias del mito del Juicio de Paris. Y de ahí que escribiera un artículo acerca de la imagen poética de los dos soles, documentada en primer lugar por Eurípides en las Bacantes, que representa el mito de Penteo. Creo que no podría renunciar por completo a este afán: de ninguna manera querría dejar inconclusa mi tesis actual, acerca de la tradición artística y literaria del Juicio de Paris desde el siglo VIII a.C. hasta el VI d.C. Pero tampoco quisiera que, otra vez en el futuro, este campo ocupare un espacio tan grande en mi vida que me haga sentir sofocado y extrañar ansiosamente los demás. Porque, si bien me encantaría desarrollar investigaciones en torno a la morfosintaxis estructural del latín clásico y sobre el sentido y sintaxis del participio griego clásico, esto no significa ya que esté dispuesto a otorgar un largo periodo de exclusividad, más encima a varios kilómetros de Santiago. Reconozco que mi plan original (que mantuve entre el 2006 y el 2008) y mi plan de reemplazo (que tuvo vigencia desde el 2009 hasta el 2011) incluían el involucramiento en un programa que condujere al grado de Doctor Philosophiae, pero esto ya no está contemplado en mi futuro inmediato. Si acaso, como le comenté a mi padre, volviere a tener en mente un grado académico, posiblemente postularía al Doctorado en Letras de la Universidad de Oxford, que tiene requisitos especiales.

No obstante, hay otros asuntos rondando mi mente: no todo mi interés está capturado por la filología clásica. Hace ya ocho años que concebí —aunque no fui el primero en hacerlo— el concepto de 'ludología' y he estado trabajando ocasionalmente sobre este asunto, aunque más con reflexiones que con trabajo investigativo concreto. Esto se ha debido al tiempo que he debido dedicar a otros asuntos: los estudios clásicos y la pedagogía, el trabajo como profesor y mi viaje a Canberra para involucrarme en el magíster que curso actualmente han sido obstaculizantes en este sentido. Me incomodaba menos, sin embargo, tener que repartir el tiempo entre las tareas, como lo hacía en el pasado. Ahora la situación es distinta: debo dedicar la mayor parte de mi tiempo a la investigación relacionada con mi tesis y todo lo demás debe satisfacerse con el limitado espacio que resta de él. De modo que la pretendida propuesta metodológica estructural para el estudio y clasificación de los videojuegos ha podido avanzar muy lentamente por ahora. De todas maneras, tengo un cierto número de artículos ya preparados para leer y he desarrollado la reflexión al respecto, así que tampoco siento que no haya dado ningún paso en este tiempo.

Recientemente, también se me vino a la cabeza el desarrollo de una investigación acerca de proyectos tecnológicos desarrollados y ya finalizados en Chile durante los últimos veinticinco años. Las implicaciones de esta idea, en conexión con otros proyectos de investigación y ciertos proyectos de negocios, me llevaron a idear una fundación como el canal apropiado para realizar las investigaciones y aprovechar las ganancias de los negocios (el infame lucro). Esta idea ha sido sumamente significativa porque, de resultar bien, significaría mi independencia investigativa, de modo que no tendría que estar mendigando trabajo en universidades ni sacrificándome en interminables horas de clases para poder acceder a la posibilidad de investigar. Me permitiría dedicarme a los distintos campos de estudio que me interesan simultáneamente y satisfacer mi gusto por la academia y los negocios al mismo tiempo. ¿Y cómo no va a ser satisfactorio poder atender las distintas áreas hacia las que se inclina mi ánimo, sin descuidar ninguna por completo y sin ser absorbido enteramente por ninguna de ellas?

Así, pues, el insomnio me quitó un par de horas de sueño hace un par de meses, cuando empecé a fraguar estas ideas en mi cabeza. La ansiedad me llevó incluso a pasar seis semanas en Santiago, dándole forma sensible a lo que pretendo hacer una vez que haya terminado el magíster. Y esto me aleja de la pesadilla que me parece contemplar cuando entro por el acceso Poniente del Edificio A.D. Hope: profesores que han dedicado toda su vida a un campo de estudio específico, habiendo tenido que renunciar a otros intereses que hayan tenido en el pasado y que no se vieron beneficiados con los azares de sus vidas ni con las decisiones que tomaron, posiblemente sacrificando mucho de lo que deseaban. Si mis planes resultan exitosamente, podré concretar el sentimiento de autonomía, de heroica independencia, que lucha por salir desde mi interior. Me sentiré aliviado y le daré a cada facción de mi caprichosa voluntad una parte de mis esfuerzos, de modo que toda ella esté complacida.

viernes, 12 de agosto de 2011

Haciendo realidad los sueños


Los sueños son una parte importante de los proyectos: muchas veces parten así, de hecho. Al menos en mi caso, ocurre cuando estoy despierto. Pero una vez ocurrió mientras dormía: tenía la intención de escribir una investigación acerca de la belleza... del concepto de belleza. Sin embargo, resultaba muy conceptual y poco concreto: lo que necesitaba escribir debía tener un fundamento físico. Y fue durmiendo que recordé el Juicio de Paris y pensé, incluso antes de despertar, que había cierta concepción de belleza concreta asociada con él. Así definí el tema de mi tesis de grado.

Pero la mayor parte de los proyectos de investigación (tres ya hechos, dos en proceso y trece por completar) y de negocios (diez en distintas etapas de desarrollo aunque pausados) en los que estoy envuelto han surgido desde los sueños que se tienen en la vigilia. Debo advertir que, entre los proyectos de negocios, hay al menos cinco que fueron ideados por amigos míos y no por mí: si estoy envuelto en ellos es porque me han querido involucrar. Y así parten: tenemos una idea y empezamos a fantasear con ella, a imaginarnos cómo llevarla a cabo, a ver su desarrollo en nuestra mente, a contemplarla ya finalizada. Esta visión en particular, la de nuestra idea en su pleno desarrollo, es la culpable de que tomemos una decisión estúpida y entusiasmante a la vez: la de embarcarnos en el proyecto ideado.

Por cierto, acabo de recordar que el número de mis proyectos de negocios disminuyó a nueve desde que descubrí que Google desarrolló la búsqueda de imágenes utilizando archivos de imagen. Tuve esta idea hace algunos años y se la comuniqué al Ariel. Presumo que él la encontró tan buena como yo, pero —como de costumbre— nunca pusimos manos a la obra. Luego, el año pasado, le consulté al Changyou y él me dijo que tenía algunos compañeros de trabajo usando herramientas como esta. Me emocionó saber que la tecnología ya estaba desarrollada y en uso. Fue solo hace unos pocos meses que encontré un motor de búsqueda ofreciendo esta posibilidad y, cuando se la mostré públicamente al Ariel, el Mario me comunicó acerca de Google.

Esto me hizo recordar acerca de un sub-proyecto de investigación que está inscrito en el proyecto relativo a la Fórmula General de Evaluación. Este proyecto consiste en calcular la curva que resuma todas las calificaciones posibles en el sistema de evaluación chileno. Yo desarrollé una fórmula, pero tiene una limitación: no puedo aplicar porcentajes de exigencia superiores al setenta por ciento o inferiores al treinta por ciento. La curva ideal debería tolerar cualquier porcentaje por encima de cero y por debajo de cien por ciento. Le pedí ayuda a Mauricio (después de haber consultado con otros a lo largo del tiempo) para solucionar este problema, pero no he tenido una respuesta definitiva. No obstante, el Nicolás desarrolló un programa computacional que aplica la fórmula que he desarrollado hasta ahora: no es exactamente lo que espero conseguir, pero es lo más cercano que hay. Y, lo más importante, es algo que verdaderamente hicimos. Aunque no signifique el punto final, se trata de un paso importante.

A veces resulta frustrante pensar en ciertos proyectos: especialmente cuando implican sacrificar muchas cosas o exigen cantidades de dinero difíciles de conseguir (y que no serán recuperadas luego). Así ocurre, por ejemplo, con la idea (no considerada en la contabilidad del 2do párrafo) de recorrer en automóvil la Carretera Panamericana desde Chile hasta Alaska y de vuelta hasta Argentina. Esta idea no solamente implica gastar mucho dinero que no será recuperado y perder un montón de tiempo en hacer el larguísimo recorrido, sino que conlleva la complicación de la Región del Darién, donde el tramo no ha sido construido hasta ahora. Esto sin tomar en cuenta las secciones no tan oficiales o imprecisas y las complicaciones actuales para entrar en los Estados Unidos. Otro ejemplo es la idea de recorrer Chile para estudiar restos arqueológicos de naturaleza imprecisa y origen no fijado. O la idea de ofrecer charlas acerca de libertades civiles en comunidades vecinales, también a lo largo de Chile.

Últimamente, he estado pensando en otra idea más: hacer una breve investigación acerca de proyectos tecnológicos desarrollados en Chile y ya terminados. Me sorprendí la semana pasada pensando acerca de ciertos proyectos aislados que han llamado mi atención desde hace algunos años: el «Banco en Casa por Computador», «Tecnópolis Comercial S.A.», «AtariChile.com» y «LinuxINF». Reflexionando acerca de ellos, me fijé en el detalle de que todos están relacionados con aspectos tecnológicos computacionales y que los cuatro, además, están terminados. Entonces se me ocurrió que podía ponerlos juntos en una especie de reportaje que diera cuenta acerca de ellos, narrara sus historias, describiera sus detalles y valorara su contribución al desarrollo y mantención de las tecnologías computacionales en Chile. Por supuesto que, desde entonces hasta ahora, he estado pensando profusamente en todos los detalles relativos a la planeación y ejecución de este proyecto. El hecho de haber desarrollado otros en el pasado ayuda a que este proceso sea más fluido y a que se me escapen menos detalles. Pero no disminuye el entusiasmo pueril de quien se aproxima a algo que considera admirable y emocionante.

martes, 7 de junio de 2011

Obstáculos investigativos

Las últimas semanas no han sido fáciles. De hecho, han sido terribles académicamente. Baste con decir que apenas he añadido un párrafo y un total de 238 palabras a mi incipiente capítulo segundo de la tesis. Y vamos a explicar por qué.
En primer lugar, a causa de la dificultad de las tareas emprendidas. La traducción de textos alejandrinos y alemanes ha significado una notable desaceleración de la producción. Naturalmente, esto es extraño cuando se trata de los alejandrinos: sé traducir del griego antiguo y estos textos son posteriores a los monumentos literarios, que se presumen los más difíciles de traducir. Pero algo ocurre: la utilización de léxico especializado y, sobre todo, de numerosos infinitivos en distintos tiempos (con sujetos gramaticales sumamente esquivos) dificulta enormemente la tarea. No hay caso: el desciframiento de cada una de las formas resulta tan tortuoso que termina por extinguir el ánimo del industrioso traductor. Y ocurre algo similar cuando se trata del alemán, aunque en este caso la situación es más comprensible a causa de la escasa o nula experiencia anterior, sumada al uso de formas arcaizantes por los autores abordados.
En segundo lugar, la excesiva distracción. No es tan extraño que, dadas las difíciles condiciones anteriores, yo prefiera refugiarme en las redes sociales de Internet, los blogs y, especialmente, en el chat de Messenger. Por supuesto, es mucho más agradable conversar con un amigo que someterse a una tortura sin resultado alguno. Esto me ha conducido, sin embargo, a derrochar horas enteras de mi valioso tiempo. Y entonces viene el remordimiento por el tiempo perdido a la vez que el malestar por la fatigosa o infructuosa tarea que no acometí.
En tercer lugar, la dedicación a los asuntos domésticos. Esto es una necesidad básica: tener satisfechas todas las necesidades domésticas es elemental para poder dedicarse a cualquier tipo de actividad productiva (trabajo). Yo, por cierto, soy autoexigente en cuanto al orden, la limpieza y la alimentación. No tolero la desorganización de los muebles o cualquier cosa en la casa ni tampoco la suciedad excesiva: sí la relativa, pero tengo mis platos y ollas siempre limpios. Y me preocupo de estar bien alimentado y de disfrutar lo que como. A causa de esto comencé, en cierto punto, a caminar diariamente hacia la panadería —quince minutos desde la oficina o treinta desde el departamento—: y terminé comprándome una bicicleta. También decidí que debía comer un almuerzo y una cena contundente porque solo una comida fuerte resultó insuficiente de acuerdo con mi último análisis. Y esto de ir a comprar todos los días y cocinar cada dos o tres días quita tiempo también: tiempo que usualmente ocuparía en la oficina. Pero, como el trabajo no estaba muy productivo ni agradable, no me ha importado demorarme cuanto sea necesario (y a veces mucho más) para el orden de los asuntos domésticos.
Toda esta situación me hizo decidir, el fin de semana, que no seguiría traduciendo. De modo que el sábado me dediqué a leer y dar cuenta de un breve artículo que habla acerca del tema que trato actualmente en la tesis. Fue satisfactorio a causa de la rapidez con la que pude leerlo y producir un par de líneas: apenas una hora bastó (si acaso no menos). Seguí buscando fuentes para agregar información, pensando que debía concentrarme sobre la información disponible en lenguas legibles para mí. Pero me topé con otro alejandrino, Eustacio de Antioquía, cuyo documento resulta muy relevante y que me mantuvo —como era de esperarse— cabeceándome con formas inusuales y construcciones difíciles de descifrar. Cuando decidí ver qué más me faltaba por agregar en esta sección (sin haber traducido a Eustacio), descubrí que se trata de otro autor alemán, de modo que ahora pienso en comenzar de inmediato con la siguiente. En algún momento tengo que hacer lo que he dejado pendiente, claro, pero por ahora prefiero no seguir desperdiciando mi tiempo: porque mis intentos hasta ahora, si bien no del todo infructuosos, han significado largas horas de procrastinación.
Hay un amigo que me ayudará con uno de los textos alemanes. Y pienso pedirle ayuda a mi profesora guía para confrontar a Eustacio. Pero sé que no puedo reposar en este tipo de solución si quiero abordar comprehensivamente todos los materiales que son relevantes para mi tesis. Esto debe ser solo el comienzo de una exploración abarcadora e independiente.

viernes, 8 de abril de 2011

The establishment of a routine

I have had routines more or less defined since I have memory—that is, when I was two. Excepting the Summer, I had to attend some kind of educational institution during the whole year between 1986 and 2008. Because I quitted the Baccalaurate of Arts in Greek and Latin Philology in May of 2009: therefore, I just hold the Associate of Arts degree. After this, I was not attending any educational institution (at least not as a student) until July of 2010, when I began the Master of Philosophy in Classics. In the menwhile, however, I still kept some kind of routine. Because, let me say it clearly, I am a very routine man and routine goes beyond the academic affairs into my life.

Perhaps you would feel surprised to listen that routine is always changing, but this is entirely true. My experience, at least, has shown me that this is like that. Even though some little actions may be performed without changes along many years, we will always face changes as time goes. For example, I used to shave every working day morning between May and October of year 2007, but now I shave only on Mondays, Wednesdays, and Fridays. And I faced the last change on shaving just a few weeks ago, when I decided not to replace a damaged piece of my electric shaver and started using, for the first time in my life, razors. Perhaps I did not like them because I remember to have cut my fingers while playing with the razor of my father when I was a child. But I am not sure that this actually happened. Whether be it true or no, I was surprised with the nice feeling of the razor—it was much better than the electric shaver. And the final result was really good as well.

But I am talking about routine. So, I find sometimes myself thinking about why is routine so good. And I give myself the following answers: it makes life easier, it saves time from taking irrelevant decisions, it allows you not to think about little things (you still have to reflect about routine itself, but not every day), and, as a consequence, it makes you happier. I do not spend my time thinking which shirt would look better or even deciding which one I am going to wear every day: I have arranged this on the base of a planification. So I wear all my shirts, which are divided into two groups (one for Summer, the other for Winter), successively. I have no reasons to change this right now, for it is working pretty well. But I do not discard the possibility to change this in the future.

In fact, I make little changes into my routine almost every week. The most important changes have been related lately to the food. The last one was this: I decided to eat a piece of bread and drink a cup of tea after preparing my sandwiches for the next day and before going to bed, because I noticed that I was feeling hungry in this moment of the day. Certainly I did not satisfy my will to eat before changing my routine. If I did not so, it was not because I wanted to observe strictly my routine, but because I felt too lazy to wash the dishes after eating. So here you can see some “conservative” character of the routine, because it demands certain conditions to be altered.

Routine can both make your life happier and make your work better. I have experienced this for many years, but especially after leaving the Lyceum. Before this, the routine was given by the timetable of the Lyceum, so I did not have to think about it. Later, in College, I had to take care of my routine more closely. I had to decide what courses to take, partially depending on the timetable, and also what time I was going to use for my study at home. And then I decided to dedicate specific times to the single courses while studying at home. The result was very good. I did not performed as well as I actually wanted, but I still was considered to be an excellent student at both the Department of Castilian and the Centre for Classical Studies.

So you have many benefitial outcomes from the establishment of a routine. And it is even better when you extend this practice to many aspects of your life. Because it “automates” many processes without taking the control away from you. And, therefore, it makes everything easier, faster, and more pleasant. It makes you better and happier.

viernes, 11 de marzo de 2011

Latinoamérica Occidental

Para mí es inconcebible cuestionar que Latinoamérica pertenezca a Occidente. Sin embargo, recientemente un amigo afirmó precisamente esto: que América Latina no forma parte de Occidente. Así que, bien, ha sembrado una duda y vamos a despejarla. Naturalmente, sostendremos que América Latina sí forma parte de Occidente. Pero nos detendremos a examinar rápidamente qué sean ellos antes de argumentar sobre nuestra tesis.

El nombre de América Latina es una autodenominación: sus primeros usos fueron en castellano y ha sido continuamente más popular en esta lengua. El término se refiere al conjunto de países cuyas regiones fueron colonizadas por españoles o portugueses y que se independizaron de estas potencias. De manera que no se trata de un concepto de significación literal: de ser así, incluiría algunos estados del suroeste de los Estados Unidos, además de Quebec y ciertas islas del Caribe.

Occidente, por su parte, es un complejo cultural que comienza con Homero, es continuado a lo largo de la Grecia Clásica, Roma y la Europa Medival, es expandido durante la Edad Moderna y desemboca ampliamente engrandecido en la Edad Contemporánea. Los criterios para definir qué forma parte de Occidente hoy en día son, sin embargo, diversos: incluyen lo racial, lo político y lo económico antes de que lo estrictamente cultural. Pero nosotros mostraremos que incluso estos criterios están errados cuando pretenden excluir Latinoamérica de los límites de Occidente.

El criterio racial afirma que solamente los caucásicos blancos forman parte de Occidente, entendiendo que los países donde ellos son mayoría integran el bloque occidental. Pero, si examinamos los orígenes de la civilización occidental, deberíamos decir que solamente griegos y latinos podrían formar parte de ella. El hecho de que los germanos hayan sido admitidos como parte integrante de Occidente demuestra la flexibilidad del criterio racial y verifica que se trata de un concepto cultural que puede ser integrado por gente de cualquier raza. Así es como, por ejemplo, no podemos decir que los negros de Estados Unidos tengan una cultura africana porque, de hecho, no la practican: su cultura es Occidental. En Latinoamérica, por cierto, la mayoría de las personas tiene ascendencia indígena. Pero esto no evita que, en lugar de practicar las culturas indígenas, la mayor parte de las personas practique la cultura occidental.

El criterio político señala, básicamente, que las naciones occidentales tienen una organización democrática. Nosotros vemos que los conceptos de asamblea popular y justicia imparcial ya son visibles en Homero. También sabemos que la primera democracia en forma se puso en ejercicio en la Atenas de la Grecia Clásica. Pero el hecho de que la República haya sido reemplazada por el Imperio en Roma (o de que Atenas haya tenido dictaduras y haya fundado su propio imperio anteriormente) no significa que el ideal de organización política haya desaparecido. No se explica de otra manera que después, durante el tiempo de las monarquías europeas, haya habido hombres pensando en un ordenamiento que le quitara el exceso de poder a los reyes para depositarlo en las personas. Tampoco se explica de otra manera que todos los países latinoamericanos hayan tenido o, siquiera, buscado un ordenamiento democrático desde el momento de la Independencia y que lo hayan experimentado incluso durante la Colonia al participar en algunos Cabildos.

El criterio económico indica que solamente los países desarrollados económicamente forman parte de Occidente. Pero el desarrollo económico es algo que no se conoció hasta la Época Contemporánea y nosotros sabemos que Occidente nació durante la Antigüedad. Y, de todas maneras, podemos brindar ejemplos de países occidentales que no estaban desarrollados económicamente hace algunos años (Grecia y España) o de países no occidentales que tienen un gran desarrollo económico (Japón). Por lo demás, Latinoamérica no tiene menos oportunidades que el resto de los países para alcanzar el desarrollo económico: más bien, ha tenido mala fortuna.

Occidente se configura en torno a un conjunto de factores, los más importantes de los cuales son los culturales, puesto que estos levantaron lo que conocemos como cultura occidental en la Antigüedad y se han mantenido a lo largo del tiempo hasta nuestros días. El concepto de lo heroico como actuación excepcional, el desarrollo de la filosofía (y no de una mera gnomología), la valoración de la iniciativa individual (privada). Y también la tendencia a un ordenamiento político participativo, la diversidad religiosa, el uso de lenguas indoeuropeas (reconociendo la relevancia del Griego Antiguo y el Latín).

Latinoamérica, sin duda, ha heredado todos los rasgos esenciales de la cultura occidental. Las culturas aborígenes no fueron desplazadas por la fuerza (como dice la leyenda), sino que cedieron paso ante la riqueza enorme de la occidental. Hay quienes pretenden establecer que Latinoamérica no forma parte de Occidente porque quieren distinguirse de un modelo político o económico; pero están pasando por alto que la cultura occidental se originó hace mucho más de cien años y que el espíritu cultural no se modifica con discursos, sino que se vive día a día en las calles de la polis. Así, encontramos reminiscencias homéricas en las obras literarias (como me comentó Diego) y usamos las letras latinas, hablamos en castellano y practicamos las religiones diversas que nos legaron nuestros padres, si bien también hay ateístas entre nosotros: tal como los hubo en la antigua Grecia. Nuestras ciudades fueron fundadas por los conquistadores y nuestras instituciones son una continuación de aquellas que conocimos durante la Colonia. También imitamos los sistemas políticos que vimos presentes en Europa, porque sentíamos que era parte de nuestra naturaleza practicarlos (pues no basta con que sean “buenos”). Y compartimos los mismos valores que han sido cultivados desde la Antigüedad en nuestra esfera cultural, los cuales no dependen de la ideología, sino que están en nuestro interior a pesar de ella. Si nos quitaran todo esto, ciertamente no seríamos occidentales. Pero tampoco seríamos latinoamericanos.

miércoles, 19 de enero de 2011

Percepciones de nuestro sistema educativo: he aquí el problema

En la educación chilena, podemos identificar dos grandes focos problemáticos: la administración y la percepción. La administración, en primer lugar, está centralizada en el Ministerio de Educación: este entrega tanto los contenidos que deben ser enseñados en todas las escuelas y colegios a través de documentos especificando los famosos CMO (Contenidos Mínimos Obligatorios) y del SIMCE (Sistema de Medición de la Calidad de la Educación). La percepción, por su parte, no tiene un origen definido, pero es compartida por muchas personas: según ella, la educación es de mala calidad a causa de los profesores (extensivamente a causa de los colegios a veces) y los alumnos son víctimas de ella. Pues bien, la administración centralizada es un problema; sin embargo, es un problema político y no educacional. La percepción compartida por gran parte de la población también es un problema, pero no de carácter educacional. En realidad, el problema de nuestra educación viene desde afuera y no surge al interior de ella, por lo tanto, cualquier reforma aplicada sobre el sistema educacional no ayudará a superar las dificultades del proceso ni los malos resultados obtenidos desde él.
La administración centralizada es un problema político porque afecta la libertad de enseñanza, restringiendo las posibilidades de establecer instituciones educativas con fines realmente independientes de aquellos impuestos por el Estado. Sin embargo, sabemos que, con o sin un sistema centralizado, los resultados del proceso educativo pueden ser excelentes o desastrosos. No contamos con ejemplos, hasta donde sé, de sistemas educativos no centralizados actualmente, pero sabemos que hay resultados muy buenos en países como China y Corea del Sur y otros no tan notables en Kirguistán y Azerbaiyán. Pero podemos especular que los estándares de estos últimos no mejorarían substancialmente con el mero hecho de descentralizar la educación. Como dato curioso, observamos que China invierte solo el 1,9% de su PIB en educación (lo mismo que Azerbaiyán) y Corea del Sur se eleva a un tremendo 4,2%. Chile invierte el 3,4%. También sabemos que la Academia de Platón era una institución educacional privada y que no recibía subsidios estatales. El asunto de la administración, evidentemente, es tangencial para el problema educativo y solamente tiene importancia política.
La percepción negativa en torno al sistema educativo es otro problema externo al proceso mismo, pero que tiene un efecto considerable sobre él. Esta percepción se configura sobre una serie de premisas que incluyen, aunque no se limitan a:
- El profesor y el colegio son los únicos y exclusivos responsables de lo que aprendan los alumnos;
- El alumno no debe ser presionado de ninguna manera ni por sus padres o tutores ni por el profesor o el colegio porque esto afectará su integridad;
- El colegio es un espacio de libertad, socialización y esparcimiento personal.
Debemos tener muy claro que estas premisas (y otras que completan el conjunto) son falsas y afectan negativamente el proceso educativo y sus resultados. Analizaremos cómo ocurre esto a continuación.
“El profesor y el colegio son los únicos y exclusivos responsables de lo que aprendan los alumnos”. El profesor y el colegio pueden ser responsables de lo que aprendan los alumnos en cuanto ellos entregan ese aprendizaje, pero no de otra manera. Muchas veces el alumno está fuera de la sala y esto impide físicamente que reciba aprendizaje alguno. Otras veces no está atendiendo a la clase ni participando de ella, con lo cual se configura otro impedimento. Asimismo, el profesor está tratando de hacer su clase la mayor parte del tiempo. Entonces, tenemos que, observando de cerca lo que ocurre en la sala, el profesor está haciendo su trabajo, pero hay alumnos que no están colaborando con él (a veces ni siquiera están en la sala). De esta manera, ¿cómo puede responsabilizarse al profesor a causa de las decisiones que toman los alumnos? Hubo apoderados que tuvieron el descaro de acusarme a mí a causa del mal comportamiento de sus pupilos el año antepasado, cuando trabajaba en un liceo subvencionado: me dijeron que era mi responsabilidad mantener el orden en la sala y preocuparme de que todos los alumnos estuvieran dentro de ella. Les expliqué que es física y mentalmente imposible que yo controle los cuerpos de todos los alumnos de un curso al mismo tiempo: tienen que ser ellos los que decidan sentarse y prestar atención; sin embargo, ellos no entendieron. Hay casos en los que algún alumno incluso impide el desarrollo de una clase. Y sus compañeros suelen aplaudir su actitud. Esta situación también es un impedimento para realizar exitosamente el proceso educativo. Si usted no lo entiende, puede hacer un ejercicio: sintonice un programa de televisión —puede ser cualquiera, pero preferentemente de baile—, suba el volumen del televisor al máximo posible y, después de esto, trate de explicarles a las personas de la sala en qué estuvo trabajando durante el día. Adivine qué podrán oír y, aún más, qué preferirán ver y oír las personas que están con usted. Y no, no funcionará que le pida al televisor que baje el volumen.
“El alumno no debe ser presionado de ninguna manera ni por sus padres o tutores ni por el profesor o el colegio porque esto afectará su integridad”. La popularidad de esta premisa falsa tiene consecuencias desastrosas para el proceso educativo (y para la salud mental de los profesores). Un alumno, por lo general, no es capaz de entender por qué tiene que estudiar, de modo que no vale la pena explicarle: nadie se lo explicó a nuestros abuelos y ellos no se lo explicaron a nuestros padres; ¿por qué ahora, de repente, hay que entregarles explicaciones que no entienden en su pleno significado a los niños y adolescentes? Es imposible que ellos entiendan las razones para asistir a clases y desempeñarse bien porque no han tenido que valerse por sí mismos ni que sostener a otras personas ni que competir con otros por un puesto de trabajo. Es imposible que entiendan el significado de todo esto mientras no lo experimenten. Por lo tanto, los padres tienen como única salida viable el obligar a sus hijos a asistir a clases y desempeñarse bien. Esto no implica ningún tipo de maltrato, pero esto no es necesario: los padres tienen muchas herramientas para obligar a sus hijos a hacer lo que deben. Muchos padres deciden no usarlas porque sienten lástima; pero esta conducta no es solo sumamente dañina para su propio hijo, que corre el riesgo de convertirse en una persona mediocre y sin talento alguno, sino también para el profesor y sus compañeros de aula: en el fondo, para todo el proceso educativo. Los padres tienen que entender un par de cosas: sus hijos son incapaces de entender por qué es importante que asistan a clases y se desempeñen bien; sus hijos son incapaces de esforzarse en tareas y asignaturas que, en un principio, les parecen desconocidas; sus hijos disfrutarán el estudio solo una vez que hayan invertido mucho esfuerzo en él (y entonces tanto ellos como sus padres experimentarán una verdadera satisfacción por el trabajo realizado). Esto parecido a los videojuegos: los niños y adolescentes (aunque también muchas personas adultas) disfrutan esforzándose y fracasando en sus intentos por dominar un videojuego porque saben que lo disfrutarán una vez que logren superar todos los impedimentos que encuentran en un principio. Y esto es lo mismo con el estudio: no es posible disfrutarlo si no hay un montón de esfuerzo y frustración al principio. A los padres les duele enfrentar este proceso y prefieren evitarlo. Pero entonces transforman a sus hijos en unos buenos para nada e incapaces de aprender cualquier cosa que no sea matar zombis. Es cierto que el profesor y el colegio aplican presión sobre los alumnos para estimularlos a participar activamente en el proceso educativo, pero estos esfuerzos son inútiles si no tienen el estímulo previo de los padres o tutores. Y la falta de este estímulo no solamente afecta a un alumno, sino que suele extenderse a otros y, a veces, al proceso educativo completo.
“El colegio es un espacio de libertad, socialización y esparcimiento personal”. Esta premisa falsa es sostenida, principalmente, por alumnos de pocas luces o que quieren pasarse de listos. Se deben, parcialmente, a que ellos no saben distinguir el colegio como un espacio distinto de la calle: no diferencian apropiadamente lo que es el espacio público y el privado ni cuál es el comportamiento que se espera de ellos (y de las demás personas) en cada uno de estos. Es importante que ellos entiendan, en primer lugar, que el colegio no es un espacio de libertad: de hecho, es todo lo contrario. Un colegio es una institución y, como tal, tiene límites que la separan del espacio público. Por lo tanto, el alumno debe aceptar de inmediato que su comportamiento allí no puede ser el mismo que afuera y tampoco puede esperar las mismas reacciones desde las otras personas. La socialización y el esparcimiento personal, por otra parte, son inevitables al interior de un colegio, pero hay alumnos que pretenden instalarlos como los objetivos últimos de este. Craso error: el colegio es una institución educativa y, por lo tanto, no es un lugar de improvisación. Les puede entregar valiosas herramientas a los alumnos para ejercer su libertad en la vía pública, para mejorar su socialización con otras personas y para maximizar su satisfacción en el esparcimiento personal, pero ellos tienen que dejarse conducir durante el proceso educativo para que todo esto suceda. Recuerdo que el año pasado me encontré con un par de profesoras muy jóvenes y muy ilusas en una escuela nocturna y ellas creían que un alumno de muy mal comportamiento no debía ser sancionado: argumentaban que era parte de la misión de la escuela formar personas en el pleno sentido de la palabra. Perfecto, pero esto implica que es la institución quien pone las reglas porque ella es la experta: los alumnos deben dejarse conducir o no alcanzarán ninguna de las maravillas que les están aseguradas como recompensa.
Mientras no haya un cambio en las percepciones personales acerca del proceso educativo, podemos aplicar montones de reformas sobre el sistema administrativo de este y obtener resultados muy marginales o prácticamente nulos. Nuestros gobiernos lo han corroborado invirtiendo cada vez más dinero a cambio de mejoras casi imperceptibles. Pero los políticos son porfiados: insisten en que una reforma del sistema administrativo operará todos los cambios necesarios. El Colegio de Profesores no lo hace nada de mal por su parte: actúa como marioneta del Partido Comunista para denunciar una supuesta privatización del sistema educativo como la culpable de todos los males en nuestra educación nacional. Sin embargo, ya expliqué arriba que el sistema administrativo es un problema político y no educativo. Aún más, no tiene efectos sobre la calidad del proceso educativo. Puede tratarse de un sistema totalmente centralizado o totalmente libre y los resultados seguirán dependiendo de otro factor: las percepciones acerca del proceso educativo. Dijimos que las percepciones constituyen un problema, pero que no es un problema educativo (tal como la administración). Sin embargo, ellas tienen un impacto directo sobre la marcha y los resultados del proceso.