miércoles, 19 de enero de 2011

Percepciones de nuestro sistema educativo: he aquí el problema

En la educación chilena, podemos identificar dos grandes focos problemáticos: la administración y la percepción. La administración, en primer lugar, está centralizada en el Ministerio de Educación: este entrega tanto los contenidos que deben ser enseñados en todas las escuelas y colegios a través de documentos especificando los famosos CMO (Contenidos Mínimos Obligatorios) y del SIMCE (Sistema de Medición de la Calidad de la Educación). La percepción, por su parte, no tiene un origen definido, pero es compartida por muchas personas: según ella, la educación es de mala calidad a causa de los profesores (extensivamente a causa de los colegios a veces) y los alumnos son víctimas de ella. Pues bien, la administración centralizada es un problema; sin embargo, es un problema político y no educacional. La percepción compartida por gran parte de la población también es un problema, pero no de carácter educacional. En realidad, el problema de nuestra educación viene desde afuera y no surge al interior de ella, por lo tanto, cualquier reforma aplicada sobre el sistema educacional no ayudará a superar las dificultades del proceso ni los malos resultados obtenidos desde él.
La administración centralizada es un problema político porque afecta la libertad de enseñanza, restringiendo las posibilidades de establecer instituciones educativas con fines realmente independientes de aquellos impuestos por el Estado. Sin embargo, sabemos que, con o sin un sistema centralizado, los resultados del proceso educativo pueden ser excelentes o desastrosos. No contamos con ejemplos, hasta donde sé, de sistemas educativos no centralizados actualmente, pero sabemos que hay resultados muy buenos en países como China y Corea del Sur y otros no tan notables en Kirguistán y Azerbaiyán. Pero podemos especular que los estándares de estos últimos no mejorarían substancialmente con el mero hecho de descentralizar la educación. Como dato curioso, observamos que China invierte solo el 1,9% de su PIB en educación (lo mismo que Azerbaiyán) y Corea del Sur se eleva a un tremendo 4,2%. Chile invierte el 3,4%. También sabemos que la Academia de Platón era una institución educacional privada y que no recibía subsidios estatales. El asunto de la administración, evidentemente, es tangencial para el problema educativo y solamente tiene importancia política.
La percepción negativa en torno al sistema educativo es otro problema externo al proceso mismo, pero que tiene un efecto considerable sobre él. Esta percepción se configura sobre una serie de premisas que incluyen, aunque no se limitan a:
- El profesor y el colegio son los únicos y exclusivos responsables de lo que aprendan los alumnos;
- El alumno no debe ser presionado de ninguna manera ni por sus padres o tutores ni por el profesor o el colegio porque esto afectará su integridad;
- El colegio es un espacio de libertad, socialización y esparcimiento personal.
Debemos tener muy claro que estas premisas (y otras que completan el conjunto) son falsas y afectan negativamente el proceso educativo y sus resultados. Analizaremos cómo ocurre esto a continuación.
“El profesor y el colegio son los únicos y exclusivos responsables de lo que aprendan los alumnos”. El profesor y el colegio pueden ser responsables de lo que aprendan los alumnos en cuanto ellos entregan ese aprendizaje, pero no de otra manera. Muchas veces el alumno está fuera de la sala y esto impide físicamente que reciba aprendizaje alguno. Otras veces no está atendiendo a la clase ni participando de ella, con lo cual se configura otro impedimento. Asimismo, el profesor está tratando de hacer su clase la mayor parte del tiempo. Entonces, tenemos que, observando de cerca lo que ocurre en la sala, el profesor está haciendo su trabajo, pero hay alumnos que no están colaborando con él (a veces ni siquiera están en la sala). De esta manera, ¿cómo puede responsabilizarse al profesor a causa de las decisiones que toman los alumnos? Hubo apoderados que tuvieron el descaro de acusarme a mí a causa del mal comportamiento de sus pupilos el año antepasado, cuando trabajaba en un liceo subvencionado: me dijeron que era mi responsabilidad mantener el orden en la sala y preocuparme de que todos los alumnos estuvieran dentro de ella. Les expliqué que es física y mentalmente imposible que yo controle los cuerpos de todos los alumnos de un curso al mismo tiempo: tienen que ser ellos los que decidan sentarse y prestar atención; sin embargo, ellos no entendieron. Hay casos en los que algún alumno incluso impide el desarrollo de una clase. Y sus compañeros suelen aplaudir su actitud. Esta situación también es un impedimento para realizar exitosamente el proceso educativo. Si usted no lo entiende, puede hacer un ejercicio: sintonice un programa de televisión —puede ser cualquiera, pero preferentemente de baile—, suba el volumen del televisor al máximo posible y, después de esto, trate de explicarles a las personas de la sala en qué estuvo trabajando durante el día. Adivine qué podrán oír y, aún más, qué preferirán ver y oír las personas que están con usted. Y no, no funcionará que le pida al televisor que baje el volumen.
“El alumno no debe ser presionado de ninguna manera ni por sus padres o tutores ni por el profesor o el colegio porque esto afectará su integridad”. La popularidad de esta premisa falsa tiene consecuencias desastrosas para el proceso educativo (y para la salud mental de los profesores). Un alumno, por lo general, no es capaz de entender por qué tiene que estudiar, de modo que no vale la pena explicarle: nadie se lo explicó a nuestros abuelos y ellos no se lo explicaron a nuestros padres; ¿por qué ahora, de repente, hay que entregarles explicaciones que no entienden en su pleno significado a los niños y adolescentes? Es imposible que ellos entiendan las razones para asistir a clases y desempeñarse bien porque no han tenido que valerse por sí mismos ni que sostener a otras personas ni que competir con otros por un puesto de trabajo. Es imposible que entiendan el significado de todo esto mientras no lo experimenten. Por lo tanto, los padres tienen como única salida viable el obligar a sus hijos a asistir a clases y desempeñarse bien. Esto no implica ningún tipo de maltrato, pero esto no es necesario: los padres tienen muchas herramientas para obligar a sus hijos a hacer lo que deben. Muchos padres deciden no usarlas porque sienten lástima; pero esta conducta no es solo sumamente dañina para su propio hijo, que corre el riesgo de convertirse en una persona mediocre y sin talento alguno, sino también para el profesor y sus compañeros de aula: en el fondo, para todo el proceso educativo. Los padres tienen que entender un par de cosas: sus hijos son incapaces de entender por qué es importante que asistan a clases y se desempeñen bien; sus hijos son incapaces de esforzarse en tareas y asignaturas que, en un principio, les parecen desconocidas; sus hijos disfrutarán el estudio solo una vez que hayan invertido mucho esfuerzo en él (y entonces tanto ellos como sus padres experimentarán una verdadera satisfacción por el trabajo realizado). Esto parecido a los videojuegos: los niños y adolescentes (aunque también muchas personas adultas) disfrutan esforzándose y fracasando en sus intentos por dominar un videojuego porque saben que lo disfrutarán una vez que logren superar todos los impedimentos que encuentran en un principio. Y esto es lo mismo con el estudio: no es posible disfrutarlo si no hay un montón de esfuerzo y frustración al principio. A los padres les duele enfrentar este proceso y prefieren evitarlo. Pero entonces transforman a sus hijos en unos buenos para nada e incapaces de aprender cualquier cosa que no sea matar zombis. Es cierto que el profesor y el colegio aplican presión sobre los alumnos para estimularlos a participar activamente en el proceso educativo, pero estos esfuerzos son inútiles si no tienen el estímulo previo de los padres o tutores. Y la falta de este estímulo no solamente afecta a un alumno, sino que suele extenderse a otros y, a veces, al proceso educativo completo.
“El colegio es un espacio de libertad, socialización y esparcimiento personal”. Esta premisa falsa es sostenida, principalmente, por alumnos de pocas luces o que quieren pasarse de listos. Se deben, parcialmente, a que ellos no saben distinguir el colegio como un espacio distinto de la calle: no diferencian apropiadamente lo que es el espacio público y el privado ni cuál es el comportamiento que se espera de ellos (y de las demás personas) en cada uno de estos. Es importante que ellos entiendan, en primer lugar, que el colegio no es un espacio de libertad: de hecho, es todo lo contrario. Un colegio es una institución y, como tal, tiene límites que la separan del espacio público. Por lo tanto, el alumno debe aceptar de inmediato que su comportamiento allí no puede ser el mismo que afuera y tampoco puede esperar las mismas reacciones desde las otras personas. La socialización y el esparcimiento personal, por otra parte, son inevitables al interior de un colegio, pero hay alumnos que pretenden instalarlos como los objetivos últimos de este. Craso error: el colegio es una institución educativa y, por lo tanto, no es un lugar de improvisación. Les puede entregar valiosas herramientas a los alumnos para ejercer su libertad en la vía pública, para mejorar su socialización con otras personas y para maximizar su satisfacción en el esparcimiento personal, pero ellos tienen que dejarse conducir durante el proceso educativo para que todo esto suceda. Recuerdo que el año pasado me encontré con un par de profesoras muy jóvenes y muy ilusas en una escuela nocturna y ellas creían que un alumno de muy mal comportamiento no debía ser sancionado: argumentaban que era parte de la misión de la escuela formar personas en el pleno sentido de la palabra. Perfecto, pero esto implica que es la institución quien pone las reglas porque ella es la experta: los alumnos deben dejarse conducir o no alcanzarán ninguna de las maravillas que les están aseguradas como recompensa.
Mientras no haya un cambio en las percepciones personales acerca del proceso educativo, podemos aplicar montones de reformas sobre el sistema administrativo de este y obtener resultados muy marginales o prácticamente nulos. Nuestros gobiernos lo han corroborado invirtiendo cada vez más dinero a cambio de mejoras casi imperceptibles. Pero los políticos son porfiados: insisten en que una reforma del sistema administrativo operará todos los cambios necesarios. El Colegio de Profesores no lo hace nada de mal por su parte: actúa como marioneta del Partido Comunista para denunciar una supuesta privatización del sistema educativo como la culpable de todos los males en nuestra educación nacional. Sin embargo, ya expliqué arriba que el sistema administrativo es un problema político y no educativo. Aún más, no tiene efectos sobre la calidad del proceso educativo. Puede tratarse de un sistema totalmente centralizado o totalmente libre y los resultados seguirán dependiendo de otro factor: las percepciones acerca del proceso educativo. Dijimos que las percepciones constituyen un problema, pero que no es un problema educativo (tal como la administración). Sin embargo, ellas tienen un impacto directo sobre la marcha y los resultados del proceso.