lunes, 7 de agosto de 2017

No hay programas de PhD en Chile

Originalmente publicado en El Libertario.

La estrechez económica me ha empujado a tomar la decisión de matricularme en algún programa de doctorado con la intención de obtener una beca para financiar no tan solo mi investigación académica, sino también mis necesidades vitales más básicas. Fuera del drama personal que esto significa para mí, puesto que rechacé hace años la idea de perseguir un programa doctoral, me enfrenté con la siguiente pregunta: ¿existen programas de PhD en Chile? Esta pregunta resulta importante para mí porque me aburrí de cursar asignaturas después de haber estado inscrito en dos carreras de pregrado simultáneamente durante mi juventud. Un PhD, por cierto, es un programa de doctorado de investigación, esto es, un programa sin asignaturas. Puede incluir exámenes generales, pero no asignaturas.




En mis indagaciones sobre los programas de doctorado chilenos, me di cuenta de que simplemente no existen los PhD. Al menos no en las áreas de humanidades y ciencias sociales. ¿Quizá haya alguno en el área de ciencias o uno que no revisé? Sería mágico que alguien desmintiere lo que estoy afirmando. Pero, hasta donde sé, los PhD son inexistentes en Chile. El único tipo de doctorado que existe en Chile es el doctorado de instrucción (Doctor of Arts en inglés). Este doctorado requiere también la redacción de una tesis doctoral, pero exige aprobar asignaturas antes de escribir la tesis. Por lo tanto, no se trata de programas de PhD, sino de programas de DA.

Existen la licenciatura de instrucción (Bachelor of Arts [BA]), el magíster de instrucción (Master of Arts [MA]), el magíster de investigación (Master of Philosophy [MPhil]), el doctorado de instrucción (Doctor of Arts [DA]), el doctorado de investigación (Doctor of Philosophy [PhD]) y otros programas en los distintos niveles de formación y enseñanza. Y me parece importante señalar que, en Chile, no existe ni el magíster de investigación (MPhil) ni el doctorado de investigación (PhD) en cuanto a los posgrados, sino que solamente el magíster de instrucción (MA) y el doctorado de instrucción (DA).

El PhD es el tipo de doctorado más famoso del mundo. Ignoro si sea el más impartido, pero sí es el más famoso en el mundo académico. Y esto conduce a confusiones de personas que, teniendo el grado de DA, lo traducen al inglés como PhD cuando estos dos son diferentes. No se trata de que uno sea mejor que el otro, sino de que son modalidades distintas y esto se marca por medio del nombre de cada programa: PhD para la investigación y DA para la instrucción. El mismo error es cometido por universidades que buscan profesores y, publicando sus anuncios en inglés, solamente solicitan postulantes con el grado de PhD, pero no con DA u otro equivalente. Estos errores deben ser reconocidos y corregidos apropiadamente porque la Academia no se construye sobre la base de criterios laxos o de nombres indiferentes. Razones similares nos impiden decirle «lenguaje» al castellano o «árbol» a la palmera: no se trata de meras imprecisiones, sino de errores imposibles de ignorar si pretendemos crear conocimiento en serio.

De momento, remití una postulación al único programa de DA que me interesó en Chile, pero este no se encuentra acreditado justo ahora. Se supone que está en proceso de acreditación. Si no veo algún avance al respecto o si sospecho que este proceso pueda fallar — quizá incluso por mera precaución — , postularé a algún programa de PhD: todo depende de que pueda obtener un buen beneficio económico y de la compañía con la que cuente. Naturalmente, preferiría quedarme en Santiago. Si me veo impedido de conseguir un panorama satisfactorio acá, no obstante, migraré hacia alguna ciudad donde tenga al menos un amigo que pueda aliviar en parte el peso del destierro. Espero no tener que partir, por cierto, y que pueda ingresar en y completar exitosamente el programa de DA al que estoy postulando ahora. No tengo mejor perspectiva y no me complacerá recurrir al plan B (como no me satisfizo decidir que postularía a un doctorado en primer lugar).

Con todo, espero que tanto los candidatos cuanto los graduados tomen conciencia de la modalidad de su grado y señalen adecuadamente si se trata de un PhD o de un DA y que no asuman, por lo tanto, que cualquier doctorado es un PhD: deben tener en cuenta que en Chile ni siquiera se ofrece algún programa de este tipo.

lunes, 10 de julio de 2017

«Presidente», no «presidenta»: un «Appendix Probi» para periodistas

Originalmente publicado en El Pingüino.

El Appendix Probi contiene una lista de correcciones sobre la forma de escribir palabras latinas. Así, señala «tabula non tabla; puella non poella; balteus non baltius», etc. Una lista como la de Marco Valerio Probo, autor del apéndice, resultaría útil para contrarrestar el problema de ultracorrección política que sufren los periodistas. La ultracorrección ocurre, por lo general, cuando un hablante hace un uso incorrecto de una palabra porque asume que se ajusta a un modelo, pero en realidad no es así. Un ejemplo típico es el de un niño que dice «yo sabo» en lugar de «yo sé». También ocurre cuando alguien conjuga «yo rabeo» en lugar de «yo rabio».


Imagen: Patricio Baeza


Los periodistas incurren en este tipo de error no solamente porque ignoran la morfología de la lengua, sino también porque están obsesionados con que su discurso se ajuste a lo aceptable políticamente. A esta tendencia le digo «ultracorrección política», puesto que es idéntica en su mecanismo a la ultracorrección, pero está gobernada por criterios políticos en lugar de lingüísticos o estrictamente morfológicos. De hecho, la morfología resulta violentada a causa de la ultracorrección política. De otra manera, no habría llegado a hablarse de «presidenta» en lugar del correcto «presidente». El uso de una forma femenina distinta, lo cual resulta foráneo a la lengua castellana, estuvo dado por el afán propagandístico de acentuar el sexo de la candidata Bachelet durante su primera campaña. Se trata de una razón estúpida para un cambio anti-económico en términos lingüísticos. Pero esto mismo nos señala hacia algo que escogería un periodista. El término no se ha asentado en la norma lingüística, pero los periodistas insisten. Es como si estuvieran empeñados en que se instale de manera permanente a pesar de que resulta infundado lógicamente y anti-económico para la lengua.

El mejor argumento para defender el uso de «presidenta» es la antigua aceptación de «infanta». Sabemos que, morfológicamente, los nombres terminados en -nte son idénticos tanto para el masculino cuanto para el femenino: «asunto pendiente» y «respuesta pendiente»; «el demandante» y «la demandante». Pero el impulso de distinguir el género para una persona de sexo femenino en el caso de la realeza, como «la infanta» en lugar de «la infante», se ha repetido (mas no replicado) en el caso de «la presidenta».

Sabemos que la lengua cambia y recibe influencias de forma constante, pero esto no es excusa para que los editores «corrijan» la palabra «presidente» por «presidenta» allí donde el redactor escribió aquella en lugar de esta. La ortografía está lejos de ser una disciplina compleja, pero aún así los periodistas se las han arreglado para demostrar dificultades increíbles para dominarla y facultades aberrantes para «arreglarla» allí donde no necesita intervención alguna.

miércoles, 5 de julio de 2017

Los derechos de Schrödinger

Originalmente publicado en El Libertario.

A menudo me encuentro con la idea de que los derechos solamente existen en cuanto son garantizados por el Estado: no antes de que este emane la norma ni fuera del Estado específico que la ha promulgado. Quienes defienden esta tesis me han dicho, por ejemplo, que no existía un derecho a la libertad universal antes de que se publicara la Déclaration des droits de l’homme et du citoyen o que los esclavos no fueron personas mientras el Estado no los reconoció como tales. Los defensores de esta opinión tienen a su favor el hecho de que hay papeles escritos diciendo que las condiciones especificadas en las normas son consideradas derechos desde el momento en el que estas normas han sido publicadas. El pragmatismo de este criterio choca, no obstante, con el hecho de que, en la práctica, los derechos garantizados por las normas han seguido siendo vulnerados después de que estas ya han sido publicadas.




Pero hay una pregunta mucho más elemental sobre el argumento positivista: si un derecho solamente existe una vez que el Estado lo ha reconocido y no antes de que esto ocurra, ¿cómo se puede defender que una condición particular sea reconocida como un derecho cuando aún no ha sido incluida en alguna norma? Si una condición no ha sido reconocida como derecho por el Estado, no podríamos decir que se trate de un derecho. Por lo tanto, sería imposible afirmar que se trata de un derecho antes de que tal reconocimiento tenga lugar. Y, si alguien propone que una condición se convierta en un derecho, ¿qué tipo de razón la ampara? En efecto, ¿cuáles son las razones que ameritan el reconocimiento de una condición específica como un derecho? Si acaso existen estas razones, ellas se pueden aplicar tanto sobre los derechos reconocidos cuanto sobre las condiciones que podrían alcanzar este reconocimiento. Por ende, el positivista no podría negar que existe, ciertamente, una fórmula universal para definir las condiciones que pueden convertirse en derechos y las que no.

Si aplicamos este razonamiento a la demanda de educación gratuita, por ejemplo, veremos que quienes abogan por su reconocimiento afirman que la educación gratuita es un derecho aun cuando ella no ha sido reconocida como tal por el Estado (de Chile). Pero quizás ellos no siguen la lógica positivista o, por mera estrategia, prefieren no aclarar si acaso la siguen. En el caso del maltrato animal, por otra parte, me he encontrado con quien admite que los animales no tienen derechos, pero argumenta que deben tenerlos en virtud del principio de reciprocidad: puesto que ellos, como los hombres, experimentan dolor. He discutido, anteriormente, que esta equivalencia se hace a causa de un proceso de conmiseración, el cual es descrito por Spinoza, pero ella no implica ni exige que el objeto conmiserado sea igual que el agente que se conmisera. Por otra parte, una aplicación del principio de reciprocidad no resuelve la cuestión relativa a por qué el hombre ha de tener derechos, es decir, qué razón existe para fundamentar el hecho de que ciertas condiciones sean reconocidas legalmente como derechos.

Como en mi vida he leído tan poco, especialmente cuando se trata de filosofía y aún menos de filosofía política, ignoro si los positivistas tienen alguna justificación para defender el hecho de que exista legislación reconociendo ciertas condiciones como derechos. Imagino, empero, que han de identificar algunas razones apropiadas para justificar que una condición devenga derecho. Y es en este punto en el que nos encontramos con la paradoja positivista de que una condición está respaldada por razones suficientes para convertirse en derecho, pero no ha sido reconocida como tal: en este limbo se encuentran los «derechos de Schrödinger».

En tanto que estimo posible deducir los derechos lógicamente, no creo que ellos puedan ser otorgados o adquiridos o perdidos ni tampoco creados o eliminados. Por lo mismo, me parece extraña la proposición de que una condición particular pueda no ser considerada un derecho en un minuto, pero sí serlo en el siguiente. Intuyo que, si bien el fonema dental africado áfono /ç/ (pronunciado tse) desapareció hace varios siglos del castellano, esto no implica que el susodicho fonema no exista. La lingüística constata que no forma parte hoy en día del sistema fonológico de la lengua castellana, de manera que no ocurre como alófono en ninguna comunidad actualmente, pero esto no significa que el fonema no exista o que no pueda realizarse en un fono concreto de un hablante — he observado que en efecto algunas personas producen un fono dental africado áfono; pero no como fonema propio, sino como alófono del fonema palatal africado áfono (que corresponde a la extinta letra che). De hecho, tal como un derecho, el fonema no tiene existencia material: es descrito, más bien, como una imagen mental que el hablante utiliza tanto para ajustar los fonos que produce cuanto para reconocer los que escucha. El lingüista, menos soberbio que el defensor del positivismo, admitirá que el fonema no se concreta en un alófono o fonos, pero no afirmará que el fonema no existe y menos aún sostendrá que un hablante esté impedido de producir un fono que se corresponda con él. Presumo que este ejercicio comparativo puede ayudarnos a reflexionar un poco más acerca de cómo los derechos existen o no.

miércoles, 28 de junio de 2017

In memoriam Eduardo Macaya

Originalmente publicado en enpelotas.com.

El profesor Macaya me hizo clases de matemáticas y de matemáticas aplicadas durante los años 2000 y 2001, cuando cursaba 3ro y 4to medio con mis condiscípulos borgoñinos. La Parca, inflexible, lo ha separado del mundo justo el día en el que decidí hacer una migración masiva de mis datos y de mis mensajes de correo electrónico: un día de recuerdos y de reorganizaciones. Macaya marcó un hito en mi formación con su pausada pasión por el conocimiento y su respetable perfil de académico. No es raro, pues, que me acuerde de él de vez en cuando diciéndome con fingida afectación «¡diputado!» para burlarse de mi estricto formalismo.



El recuerdo de él que tengo guardado más hondamente en mi corazón es de cuando nos dio la tarea de deducir la ecuación de la elipse desde su definición: «el lugar de un punto que se mueve en el plano de tal manera que la suma de sus distancias a dos puntos fijos de este plano, llamados focos, es siempre constante». Cuando algunos se quejan lacrimógenos de que en la educación chilena no se enseña a pensar, yo me acuerdo de este episodio: porque este no es más que una muestra -emocionalmente importante para mí- de lo que era una práctica constante en el Liceo Manuel Barros Borgoño. ¿Que no se enseña a pensar? ¡Patrañas! ¡Esto solo lo pueden decir los porros que no prestan atención en la clase! Porque la clase es una «ceremonia solemne», como me dijo (¿o habré sido yo a él?) el profesor Macaya alguna vez para nuestro deleite burlesco de la formalidad excesiva.

Tengo certeza de que Macaya amaba las matemáticas en particular y el conocimiento en general por varias razones, de las cuales expondré aquí solamente la que me es más significativa. Luego de haber calculado los valores relativos a la ecuación de una circunferencia, si no me equivoco, con una recta tangencial a ella, y de haber expresado gráficamente estos valores en un plano, terminó su explicación afirmando: «esto es bello». Su tono de voz nunca parecía inspirado ni esotérico, sino serio y algo subterráneo: «esto es bello». No se trataba de una apreciación estética, sino una afirmación objetiva. Por supuesto que esta actitud de veneración hacia el conocimiento inspiraba una veneración hacia el maestro entre los alumnos. Y esta impresión se repetía en los casos de casi todos los profesores. Así que cuando uno lo veía fumando -siempre vestido semi-formal y a menudo bebiendo un café- en medio del pasillo de San Diego mientras conversaba con el profesor de filosofía (Bayer) y con el orientador (Cabezas), cada uno de los cuales merece capítulos aparte, se sobrecogía por la distancia intelectual que lo separaban de ellos.

Su carácter burlescamente afable también ganó el corazón de varios. Así fue ocurriendo mientras se refería al Barrientos como «señor Tapón» (sobre la base del sobrenombre que le habían puesto los alumnos) y lo mandaba a comprar una aspirina, lo cual era un quizá no tan sutil forma de referirse al tamaño de su cabeza, o mientras le decía al Contreras, el más obeso del curso, «¡está más delgado!» o mientras aclaraba que explicaría una primera vez para el curso y una segunda vez para Cancino. A mí también dirigía sus dardos cuando me saludaba diciendo en voz alta «¡diputado!» Me estimaba, no obstante, y esto se reflejó en alguna nota que resultó levemente más alta que lo esperable, lo cual él justificó diciendo que no evaluaba solo el rendimiento académico, sino también la cualidad moral de sus alumnos: esta argumentación sería desechada hoy en día, claro, porque los profesores de antaño también la utilizaban para aplicar el «uno disciplinario». Por supuesto, yo considero una barbaridad que haya quienes se opongan a esta forma de evaluación, porque no surge del capricho, sino desde el ojo experto del profesor como autoridad no solamente académica, sino también ética.

La forma en que explicaba los contenidos y en que vertía sus opiniones hacía parecer que sus afirmaciones no eran meras ocurrencias desechables, sino el producto de un sentido común agudo a la vez que sereno: el efecto de una sabiduría acumulada durante años de desempeño docente. Era la misma naturalidad con la que afirmaba que los alumnos de la especificidad matemática (entre los que yo me contaba naturalmente) estudiarían ingeniería en la universidad y, por lo tanto, tenían que aprender cálculo. Así que él mismo dictaba un taller de introducción al cálculo los días lunes por la tarde.

Mi generación, claro, está comenzando a sepultar sus viejas glorias y a levantar las leyendas acerca del pasado esplendoroso que vivió a causa de una nostalgia hipersensible, pero racionalmente infundada. ¿No lo han hecho todas las generaciones del mundo anteriormente? Supongo que sí. Resulta natural que añoremos los años en los que fuimos formados y en los que nos hicimos hombres, por cierto. No por nada siento que el Liceo Manuel Barros Borgoño es mi verdadera alma mater. Y lo digo fundadamente porque también es universidad: la honorable «Universidad del Matadero». Macaya es una de las figuras fundamentales en la construcción de esta leyenda. Su espíritu, su rigor, su seriedad: todo confabula para inspirar reverencia y admiración tanto hacia él cuanto hacia el liceo. Y estas impresiones son inseparables del proceso formativo que vivieron las generaciones educadas por él y sus colegas.

Yo mismo, por cierto, como profesor, aspiro más a ser como Macaya y los profesores que me formaron que como el modelo de profesor propuesto ahora. Yo no admiro los valores actuales, sino aquellos con los que fui formado. Y me sorprende que muchos de mis colegas se deshagan con tanta facilidad de aquellos principios con los que fue educada nuestra generación para «venderse» a o entregarse cobardemente en las exigencias actuales del ejercicio docente. Por esto mismo, resulta obvio, he tenido algunos vaivenes en mi ejercicio docente y no pocas quejas de algunos alumnos hipersensibles (excesivamente mimados en mi opinión). ¿Mi pecado? Poner el conocimiento en el centro del proceso educativo. ¿Terrible, verdad? Simplemente me niego a sucumbir a la charlatanería de las «inteligencias múltiples» y de que todos son igualmente capaces y de que los sentimientos de los «niños» son más importantes que la instrucción… ¡No, señora: su hijo es tonto y no hay nada que hacerle! Macaya no dudó, cuando estábamos en 4to medio, en hacer repetir a Barrientos porque consideraba que no estaba preparado para terminar la enseñanza media. Más de una vez le advirtió «yo no hago milagros» con la esperanza de que se esforzase un poco más.

Así que no. Me niego, en definitiva, a traicionar a quienes me educaron: yo no mancharé la memoria ni el nombre de Eduardo Macaya ni los de otros profesores que pasaron tantas rabias conmigo. De manera que espero continuar su legado. El de él y el de todo el liceo. Un verdadero amor por el conocimiento no es tolerante con la hipersensibilidad actual, sino que es riguroso y esforzado. Aun cuando yo lo haga más por escrito que en las aulas, espero expandir este espíritu hacia el futuro porque creo que es una de las cosas buenas que la generación anterior, la que me formó a mí, les puede legar a las generaciones que vendrán más adelante. Si de verdad creen que Macaya y los demás profesores de su generación les enseñaron algo bueno, no se alejen de sus lecciones, sino que transmítanlas tal como las recibieron desde ellos.

lunes, 19 de junio de 2017

Circa: preposición, no sustantivo

Originalmente publicado en El Quinto Poder.

Las palabras presentes en una oración pueden analizarse en varias dimensiones: la fonológica, la léxica, la semántica, la morfológica y la sintáctica. La palabra circa, en particular, merece mi atención ahora porque he observado un uso impropio de ella con función sintáctica de sustantivo, categoría léxica de sustantivo y sentido semántico de «año». La oración en la que constaté este uso aberrante es «ignoro circa [de la fotografía]».


Imagen: Patrick Marioné


Empezaré explicando lo más obvio: la preposición circa se usa cuando existe incertidumbre con respecto a una fecha. Por lo tanto, se omitirá cada vez que la fecha sea conocida con certidumbre. En la oración registrada, el hablante obviamente quiso decir año, no circa, puesto que no puede tener certidumbre o incertidumbre con respecto a una fecha que ignora: simplemente no la sabe, por ende, carece de certidumbre con respecto a su precisión. Además, circa no significa «periodo de tiempo», sino «hacia» o «alrededor de». Por lo anterior, no hace ningún sentido que un hablante declare «ignoro circa», porque lo que realmente ignora es el siglo o el año al que corresponde el fenómeno del que habla. Aun cuando circa es utilizada siempre con un sentido temporal, esta circunstancia no hace que la palabra sea homologable con otras como ratotiempo, año o siglo. Esto es lo que puedo decir en cuanto al aspecto semántico, que me parece el más relevante en el caso de la oración analizada.

En la dimensión fonológica, circa se pronuncia [’θirka] o [’sirka], dependiendo de la zona en la que nos encontremos. Su pronunciación latina era /’kirka/, no /’ĉirka/. En la dimensión léxica, se trata de una preposición, puesto que delimita la circunstancia de otra unidad significativa: no designa, como el sustantivo. En cuanto a la dimensión morfológica, circa es una palabra aflexiva, puesto que no está afectada por ninguna categoría gramatical: caso, género, persona, número, tiempo, modo, voz, aspecto. En la dimensión sintáctica, circa operará habitualmente como preposición, esto es, como un conector que integra un complemento: la estructura típica del conector hipotáctico en relación con un sintagma nominal.

Puesto que circa es conector, es posible apreciar otros aspectos en el análisis de esta palabra. En primer lugar, diremos que se trata de un conector hipotáctico, puesto que conecta unidades heterofuncionales (como verbo y adverbio o sustantivo y adjetivo); monofuncional, puesto que solamente tiene función conectante; temporal, puesto que su significado se refiere a esta categoría; aflexivo, puesto que su forma es invariable; oracional, puesto que conecta unidades que integran una oración (nexo) y no oraciones entre sí (ilativo); flectante, puesto que exige una declinación del nombre — decimos «hacia ti», no «hacia tú» — , y no clausular, puesto que no introduce cláusula, si bien no impide que una cláusula sea introducida después de ella.

La descripción comprehensiva sirve para darle sentido a la impropiedad del uso que señalé al principio: así distinguimos dónde está la desviación y dónde no. Se trata de un error en la dimensión semántica, primero, porque el significado de la palabra no corresponde a lo que el hablante intenta decir. También se trata de un error en la dimensión léxica, por cuanto circa es preposición y no sustantivo. Esto quiere decir que se trata de una palabra que delimita la circunstancia de otra unidad significativa. Esto significa que, en un sentido inespecífico, circa no señala hacia su propio referente, sino que circunscribe la relación de significado de otro referente. Un sustantivo, en cambio, sí señala hacia su propio referente, puesto que designa un fenómeno: el que sea. Se trata, por último, de un error sintáctico, puesto que circa opera habitualmente como preposición: como resulta natural en el caso de una preposición, uno espera encontrar el sintagma nominal a continuación para delimitar el complemento, pero esto no ocurre en el ejemplo susoscrito.

Al examinar con más detalle la oración, vemos que el hablante puso circa como objeto directo, integrando un complemento justo después de la preposición cero que la conecta con el verbo ignoro: «ignoro ø circa». Esto equivale a afirmar «ignoro desde» cuando uno quiere decir «ignoro lugar de origen». Obviamente, la preposición no debería estar en el lugar del sintagma nominal en este complemento: se trata de un error cometido por el hablante. Y es un error porque el hablante no ha puesto la preposición en este lugar de forma consciente, sino que en lugar de otra palabra que conoce y que sí se adecua al significado de lo que intentaba articular.

Es posible, por cierto, que circa ocupe el lugar de un objeto directo sin que se esté cometiendo un error. Lo hace cuando yo mismo escribí «el hablante puso circa como objeto directo». En este caso, por supuesto, estoy haciendo un ejercicio metalingüístico al utilizar la palabra para referirme a ella misma: resulta fácil verificarlo al notar que no puedo reemplazarla con otra equivalente, como año. Pero, en cuanto al uso señalado, no resulta admisible ni justificable desde las perspectivas aplicadas aquí.

martes, 23 de mayo de 2017

Tränen der Sehnsucht: ¿uno o dos?

Originalmente publicado en Globedia.

Quien haya escuchado el tema «Tränen der Sehnsucht (Part I & II)» de Lacrimosa puede haber notado que, en paréntesis, se alude a la existencia de dos secciones. La pista en el disco Einsamkeit (1992) es una sola, de modo que parece un tanto confusa la referencia a dos partes de una canción que no había aparecido separadamente antes (ni lo ha hecho después). La única forma de proponer algún límite que dimidie el tema es escuchándolo.

Imagen: Taringa!

Una audición superficial nos conllevará a proponer la división más evidente: el tema comienza con una pieza de piano, voz que — pasando a segundo plano en ocasiones — predomina durante una gran parte de la pista: casi ocho minutos en medida ordinaria. Después de esto, el piano es intercambiado por una guitarra eléctrica quizá demasiado lacrimógena y el tema concluye con el sonido de un solemne órgano. Así obtenemos, por lo tanto, un punto concreto de división para el tema en dos partes. La primera corresponde al predominio del piano y la segunda, al predominio de instrumentos eléctricos liderados por la guitarra.

No obstante, esta no es la única división posible. En efecto, la letra nos conlleva a demarcar otra posible división. Al principio de la canción, el cantante nos habla acerca de un niño preso de la desesperación, rendido a causa de un trasfondo doloroso, pero incapaz de expresar su dolor más que con lágrimas a causa del mutismo: «und war längst taub?» — ¿y desde cuándo era mudo? Pero, luego de un breve silencio hacia la mitad del tema (con el piano dirigiendo la melodía en general), el cantante se mueve desde la tristeza y la voz del niño hacia su capacidad de apreciación estética y sus ojos, revelándonos una discapacidad de estos que es rematada con un hecho fortuito y luctuoso. Tal discapacidad había sido anunciada anteriormente, de modo que la sección siguiente se concentra en el hecho lamentable, anunciando un nuevo amanecer que, penosamente, no llega para el niño acerca del cual se canta. «Der Morgen tagte nicht für das Kind» — la mañana no llegó para el niño. El cantante menciona que las manos del niño permanecieron intactas para recordarnos que él, el benjamín de la Noche, era «ein Traum der Augen — nicht der Hände» — un sueño de los ojos; no de las manos: y ahora su existencia entera parece carecer de sentido. De modo que aquí encontramos otra posible división del tema en una primera y segunda parte.

Seguramente podrá alegarse que todas las canciones — o una gran mayoría — contienen una separación y una relación entre su aspecto musical y su aspecto textual. Pero esta relación no se evidencia en todos los casos. «Tränen der Sehnsucht» es un ejemplo de una canción donde tal relación se ha hecho evidente. La mención de dos partes nos conlleva a distinguir que, en efecto, hay dos secciones en el plano musical y también dos secciones en el plano textual. Ellas no coinciden cronológicamente. Aun cuando lo hicieran, el conjunto de factores nos conduce a explicitar la separación y la relación de la dimensión musical y la textual: he aquí, otra vez, dos partes para este tema.

El tema sigue siendo uno: con un título, una pista de audio y una continuidad tanto musical cuanto textual evidente. Hay, por cierto, dos líneas demarcadas sobre su cuerpo, pero la unidad de él sigue apareciendo con claridad a la vista. Las secciones están demarcadas sin ambages y el título en el álbum es una pista relevante para notarlo más fácilmente: «Part I & II» dice. Dos secciones musicales, dos secciones textuales y, por supuesto, dos dimensiones expresivas en un mismo cuerpo artístico.

viernes, 21 de abril de 2017

Traduciendo textos latinos

Originalmente publicado en Globedia.

El último alumno de latín al que le hice clases tiene excelentes habilidades en lo relativo a la intuición lingüística y la conciencia sintáctica, pero tropieza un poco con la morfología. Así que, cuando una traducción fallaba por causa de una incorrecta identificación morfológica de alguna palabra, me remitía al «árbol morfológico» para facilitar el proceso y hacerlo consciente. Por cierto, los procesos mentales suelen ocurrir en mayor medida de manera inconsciente que de manera consciente; pero, cuando estamos aprendiendo procesos mentales nuevos, estos tienen que ejecutarse siempre de manera consciente para que puedan llegar a operar de forma inconsciente una vez que estén integrados en la mente.


El análisis de una palabra con el árbol morfológico empieza con la distinción más básica posible: si acaso esta palabra es flexiva o aflexiva. Técnicamente, las palabras flexivas son aquellas afectadas por categorías gramaticales: caso, género, persona, número, tiempo, modo, voz, aspecto. En términos más sencillos, son aquellas palabras cuya forma cambia: casa-casas, perro-perra, olvido-he olvidado, quien-quienes, etc. La descripción técnica sirve no solamente para conocer estas palabras con precisión, sino también para detectar las excepciones a la explicación sencilla, es decir, aquellas palabras que no cambian su forma a pesar de que estén afectadas por distintas categorías. Esto ocurre con que o cual, que pueden ser masculinas o femeninas y conservar esta misma forma. De hecho, que puede ser singular o plural y no variará. Las palabras aflexivas, en cambio, no están afectadas por categorías gramaticales ni experimentan variaciones en su forma. Estas palabras suelen tener funciones conectantes o adverbiales en el plano sintáctico y clasificarse como adverbios, preposiciones, conjunciones o subjunciones en el plano léxico. Pero, en el aspecto estrictamente morfológico, la distinción de las palabras aflexivas no llega más allá de esto: que son aflexivas.

Las palabras flexivas, siguiendo con el árbol morfológico, se pueden distinguir en nombres y verbos. Los nombres siempre están afectados por las categorías de caso, género y número y a veces están afectados también por la categoría de persona. Los verbos siempre están afectados por la categoría de tiempo y suelen estar afectados también por las categorías de persona, número, modo, voz y aspecto; pero en ocasiones están afectados por las categorías de caso y género. Por ejemplo, el nombre uitam tiene caso acusativo, género femenino y número singular; el verbo habetis tiene tiempo presente, persona segunda, número plural, modo indicativo, voz activa y aspecto imperfectivo; el verbo nasciturus tiene tiempo futuro, caso nominativo, género masculino y número singular. Aunque formalmente es un verbo, puesto que está afectado por la categoría de tiempo, nasciturus puede asumir funciones que asociamos usualmente con los nombres: sujeto, sustantivo o adjetivo. Pero tenemos que entender que estas clasificaciones operan en dimensiones distintas: la forma verbo (en la dimensión morfológica) no implica, necesariamente, que la palabra cumplirá la función de verbo (en la dimensión sintáctica).

La última parte del análisis morfológico implica relacionar las categorías verbales o nominales con una función sintáctica. Así, al analizar los nombres, tenemos que empezar observando si el nombre está regido por preposición o no: si lo está, el caso gramatical no señala una función sintáctica; si no lo está, el caso gramatical indicará una función sintáctica de sujeto (caso nominativo), oración apelativa (caso apelativo), adjetivo genitivo (caso genitivo), objeto indirecto (caso dativo), objeto directo (caso acusativo) u objeto circunstancial (caso ablativo). Al analizar los verbos, debemos detectar si son dependientes, como cuando están introducidos por un conector o están en infinitivo (aunque esta regla no es universal), o independientes y son el núcleo del sintagma verbal en el primer nivel de análisis de un sintagma proposicional autónomo.

Todo este proceso ocurre de forma automática al momento de traducir. Si la traducción falla, no obstante, resulta necesario detenerse y hacerlo paso a paso. Mi alumno se impacientaba cuando esto ocurría, porque quería llegar de inmediato a la integración del proceso en su mente, pero resulta necesario e inevitable recorrer varias veces este camino y replicarlo en muchas situaciones diferentes para conseguir una integración efectiva y una comprensión completa.

Comportamientos dañinos: secretismo

Originalmente publicado en Globedia.

El secretismo funciona como estrategia para ocultar las mentiras y las infidelidades. No se trata de mera defensa de la privacidad, como podría alegarse inicialmente, sino que de una planificación cuidadosa con el fin de ocultar el comportamiento pernicioso. La defensa de la privacidad es, en efecto, un argumento válido y sumamente fuerte. Su carácter justificado puede hacer inexpugnable la defensa de alguien que se encuentra impugnado de haber mentido o engañado. Pero esta misma actitud se revela como mera estrategia cuando tenemos certeza con respecto a los comportamientos deshonestos o infieles. Resulta delicado distinguir entre una circunstancia y otra porque, por un lado, confrontamos la legítima defensa de quien no quiere compartir información personal; por otro, nos encontramos con la reacción visceral de quien se siente descubierto en su fechoría.

Imagen: Mauricio José.

En realidad, una persona nunca pierde el derecho de negar el acceso a la información que maneja (salvo que se trate de un funcionario público). Pero alguien que se aprovecha de esta situación para tratar de negar lo que uno ya sabe está, sin duda, exponiéndose como transgresor. Así que, teniendo conocimiento de que el comportamiento deshonesto o infiel existió en efecto, los intentos del impugnado para negarlo no hacen más que confirmar su veracidad. Un transgresor lo suficientemente cínico o asustado o alterado en su conciencia insistirá, sin duda, en su inocencia. El problema (para él) es que, habiendo certeza con respecto a la mentira o infidelidad, no hay espacio para la controversia, sino solamente para evaluar la extensión del daño. Y este daño, como cualquier otro, amerita ser reparado o compensado.

El transgresor que no admite su falta puede actuar de forma cínica y expresar disgusto en vista de la acusación que recibe. Está consciente de que la impugnación es fundada, pero finge consistentemente que la rechaza y que incluso lo ofende. El transgresor asustado también es consciente y niega haber incurrido en error alguno, pero al mismo tiempo puede volverse violento si se siente acorralado: tal como los perros y otros animales domésticos. El transgresor de conciencia alertada, en cambio, puede no estar verdaderamente al tanto de que cometió una imprudencia: él cree honestamente que no ha hecho nada reprochable ya porque no interpreta así su comportamiento, ya porque no recuerda lo que hizo.

Como el transgresor tenderá, por alguna de las circunstancias recién expuestas, a no colaborar con la resolución del problema que él mismo ha causado, se hace imperioso presionarlo argumentalmente para que lo reconozca y colabore con la subsecuente reparación o, en cambio, buscar soluciones en las que él no participe de manera activa. Nuestro grado de compromiso con el transgresor definirá si decidimos llegar tan lejos.

Como dije arriba, el respeto de la privacidad resulta incuestionable. Sin embargo, el secretismo puede considerarse un síntoma de que la persona está incurriendo en algún comportamiento perjudicial, especialmente cuando se observa de forma reiterada o cuando no se aclara después de un tiempo razonable.

Resulta importante tener en cuenta las implicaciones del secretismo más allá de la falta que podría estar causándolo. Este comportamiento también señala hacia la inmadurez del sujeto, quien se encuentra incapacitado para identificar y comunicar las necesidades emocionales que lo conducen a mentir y engañar. Y señala, además, al carácter limitado de la persona, quien se muestra inhabilitada para hacerse cargo de sus propias decisiones. Una persona libre y madura se reserva el derecho de compartir la información sobre sí misma, pero no acude al secretismo con el fin de escapar de las consecuencias de sus actos en frente de sus iguales. Esta condición, por supuesto, no se aplica cuando el sujeto se enfrenta con organismos estatales, puesto que ellos no obedecen al respeto de la dignidad humana.

Así que el secretismo, aunque no reviste un problema por sí mismo, debe ser observado con atención cuando ocurre a menudo o cuando deja dudas con respecto a su verdadera motivación. Ayudar a quienes lo utilizan como estrategia es un acto de compasión por aquel que necesita madurar y liberarse de sus limitaciones espirituales.

martes, 18 de abril de 2017

Juuni Kokuki: la factura de una reina

Originalmente publicado en Hijos del Átomo.

La serie animada Juuni Kokuki (Ono 2002–3) narra la historia de cómo Yōko Nakajima, una alumna de enseñanza media en el Japón moderno, se convirtió en Keiō, la reina del reino fantástico Kei. En sus 45 epidosios, la serie contiene cuatro ciclos y desarrolla temas como la identidad japonesa, la identidad personal, la condición humana, el destino y la libertad individual.


El 1er (episodios 1–14) y 3er (episodios 23–40) ciclo se asemejan a los dos tránsitos que podemos observar en el Poema de Gilgamesh: de la bestia al hombre y del hombre al héroe. Si bien, en el caso de Juuni Kokuki, sería más apropiado decir del yes man al individuo íntegro y del individuo íntegro al monarca virtuoso. La tímida alumna de enseñanza media que está preocupada de agradarle a todo el mundo se debe transformar en una persona independiente capaz de tomar sus propias decisiones. Desde aquí, debe abocarse a su rol de monarca e impregnarse de la realidad de su reino para convertirse en una soberana respetable.

El 4to ciclo (episodios 41–45) replica el mismo tema del 3ro, sobre cómo un individuo libre se apropia del rol de monarca, contrastando el proceso en dos personalidades diferentes: ambas tienen la motivación de gobernar con justicia, pero una respeta el principio de reciprocidad y la otra no. El mundo de fantasía presentado en Juuni Kokuki es estrictamente jerárquico, pero sus habitantes no ignoran los principios de no agresión y de reciprocidad, sino que aspiran a que ellos sean respetados tanto como los del mundo real.

El 2do ciclo (episodios 15–22) explica los rasgos generales del mundo fantástico en el que tiene lugar la historia y narra la biografía de Taiki (conocido como Kaname Takasato en el mundo «real»), el kirín del reino de Tai. Este ciclo les da sentido a los hechos inexplicables que el espectador ha presenciado en los episodios del 1ro e introduce una trama dedicada a la misteriosa vida del único kirín negro del mundo fantástico.

La serie animada está inspirada en una serie de novelas escritas por Fuyumi Ono y publicadas entre 1992 y 2013. No hay una coincidencia exacta en el orden de los acontecimientos narrados ni en los personajes representados, pero la historia es esencialmente la misma. Con sus 45 episodios, la serie tiene un sentido de unidad completo y no necesita adiciones, pero se dice que existe la intención de dibujar más para continuar representando los eventos narrados en las novelas. No creo que resulte estrictamente necesario, pero se trataría de una adición muy bienvenida en virtud de la calidad de la historia.

El tema de la identidad japonesa se puede observar, sobre todo, en los ciclos 1ro y 2do de la serie. Por una parte, la actitud de Yōko respondía a lo que los demás esperaban de ella: ni siquiera ella misma podría haber descrito su verdadera personalidad, puesto que estaba enteramente focalizada en agradarles a los otros. Este rasgo parece típicamente japonés considerando el esfuerzo que, según me contó al menos uno de ellos, hacen por comportarse de manera cortés. La rigidez de la norma comunitaria relativa a la cortesía hace casi imposible conocer la verdadera personalidad de alguien y esto es precisamente lo que le ocurre a Yōko.

Por otra parte, la desconfianza hacia los extranjeros que muestran los habitantes del mundo fantástico también parece un rasgo nipón. El mundo fantástico de los doce reinos puede conectarse con Japón, llamado Horay, a través de portales mágicos llamados shoku. Los desafortunados japoneses que son atrapados por algún shoku son llamados kaikyakú y aquellos nativos de los doce reinos que fueron concebidos en un árbol (como ocurre en este mundo fantástico), pero nacieron y fueron criados en Horay, son llamados taika. La relevancia de estas distinciones señala lo importante que consideran los nativos la diferencia entre haber nacido en los doce reinos o fuera de ellos. De hecho, los kaikyakú que llegan a los doce reinos son perseguidos o, si no, tienen enormes dificultades para integrarse en la sociedad y para aprender la lengua local. Este es un reflejo de cómo los japoneses se perciben a sí mismos: como una sociedad cerrada que no integra a los extranjeros y cuya cultura es por sí misma excesivamente compleja y excluyente.

El tema de la identidad personal es desarrollado con especial énfasis en los ciclos 1ro y 4to. En el 1ro, Yōko enfrenta temores que yacen en su subconsciente y que la conducen a admitir que no tiene una personalidad propia, sino una máscara para conseguir la aprobación de sus padres, de sus profesores y de sus compañeras de curso. El reconocimiento de este conflicto la hace darse cuenta de que ella les achaca una actitud idéntica a las demás personas, pero lo hace de forma injusta y prejuiciosa. La conciencia que cobra sobre sus problemas la empujan, finalmente, a tomar las riendas de su vida y a actuar no de acuerdo con lo que otros esperan de ella, sino de acuerdo con lo que ella verdaderamente quiere.

En el 4to ciclo, vemos enfrentadas las personalidades de Enō y de Atsuyu, a quien Enō llama su otro yo. Atsuyu se esfuerza por mejorar las condiciones de vida de los habitantes de Gen, una provincia en el reino de En en la cual él actúa como gobernador luego de haber derrocado a su padre. El comportamiento de Atsuyu difere del de Enō, quien intenta reinar benéficamente sobre En, en el sentido de que Atsuyu está dispuesto a incurrir en transgresiones de los principios de no agresión y de reciprocidad con tal de alcanzar sus metas, mientras que Enō respeta estos principios de forma constante. Atsuyu derrocó a su padre por incompetente, pero Enō (cuando aún era Shoryu) no quiso hacer lo mismo con su propio padre a pesar de que también podía achacársele incompetencia en su condición de líder. Mientras que Shoryu perderá todo lo que tiene y su pueblo completo perecerá en Japón, Atsuyu será derrotado y castigado por Enō en los doce reinos. La ambigüedad de estos resultados hace que Enō se cuestione constantemente si acaso Atsuyu no estaría en lo cierto al sostener que resulta admisible transgredir los valores fundamentales con tal de conseguir un fin superior.

En cuanto a la condición humana, Juuni Kokuki no solamente nos muestra cómo Yōko se convierte en una persona libre y verdadera, sino que también nos presenta monstruos domesticados (shirey) capaces de hablar y mitad-bestias (hombres que toman forma de animales y mantienen rasgos antropomorfos) que tienen vidas normales entre las demás personas. El foco parece apuntar a la capacidad de hablar y, a través de ella, de integrarse en la comunidad. Los kaikyakú, por ejemplo, quedan excluidos a causa de su incapacidad de comunicarse efectivamente con otras personas. Los shirey, por su parte, son capaces de comunicarse, pero no integran el mundo más que como siervos de los kirín y los reyes.

El destino de los doce reinos está dominado por lo que llaman «la voluntad del cielo». Esta voluntad se manifiesta en la capacidad exclusiva que tiene el kirín de cada reino para escoger al rey. La voluntad del cielo es una realidad palpable en los doce reinos, puesto que la ausencia de un rey legítimo causa la aparición de monstruos y que el kirín está físicamente impedido de inclinarse ante alguien que no sea el designado por la voluntad del cielo para reinar sobre el territorio específico de su reino. Esto le otorga un carácter trágico a la serie animana por cuanto las personas están atadas a un destino del que no pueden escapar. Esto no significa, sin embargo, que carezcan de la facultad para actuar libremente, aunque le otorga un peso más significativo a la responsabilidad de hacerlo. Un rey que decide abdicar sabe, así, que causará la ruina del reino mientras el kirín no encuentre y designe al siguiente monarca.

El peso de la libertad individual resulta así de visible, por ende, en los doce reinos. Aquel que decide usurpar el trono, oponiéndose a la voluntad del cielo, asume que su decisión chocará estrepitosamente con la realidad de los hechos y terminará atrayéndose el dolor y la muerte. Lo mismo ocurre con quienes osan desafiar a un rey justo. El rey injusto, por su parte, se arriesga a enfrentar una rebelión, como ocurrió en Hou, o a atraer calamidades sobre sus súbditos, como ocurrió en Kou. Pero el ejemplo más patente de ejercicio de la libertad está en la protagonista, Yōko, y su proceso de transformación en Keiō.

Juuni Kokuki resulta atrapante por la fantasía propia de los doce reinos y porque cuenta una historia interesante: sus personajes resultan excepcionales y admirables a la vez que notablemente corruptos. El enfrentamiento tanto interno cuanto externo de la maldad humana es uno de los ejes de la historia y le da un carácter universal a la serie. El hecho de que una misma persona reúna en sí lo más admirable y lo más abyecto de la condición humana puede parecer chocante, pero es parte de la realidad de cada individuo y otorga esperanza con respecto a la capacidad de superación del hombre.

jueves, 13 de abril de 2017

Criterios académicos: cómo nombrar a los expertos

Originalmente publicado en El Quinto Poder.

Cada día, los medios de comunicación citan opiniones de expertos en relación con diversas materias y se refieren a estos expertos como economistas, historiadores, politólogos, etc. Pero resulta que estos expertos, muchas veces, han obtenido una licenciatura o incluso un magíster en el área respectiva, pero no han publicado ningún artículo académico o libro sobre ella. Artículos y libros son los medios tradicionales para presentar nuevos conocimientos e interpretaciones a la comunidad académica y el mundo en general: es importante recalcar que estos textos aportan conocimiento nuevo y que no existía antes de que ellos fueran publicados. No se trata de meras obras de divulgación sobre el conocimiento adquirido anteriormente ni de obras que den cuenta de indagaciones, por amplias que estas sean, sino de documentos que presentan conocimiento ignorado anteriormente para que sea escrutado por el resto de las personas, en particular por otros especialistas e investigadores.


Un licenciado en ciencias económicas y administrativas es un licenciado, sin duda, pero no necesariamente un economista: este nombre debe estar reservado para quien ha colaborado con conocimiento nuevo en el área de la economía (lo cual tampoco exige el grado susodicho). Tampoco suena elegante decirle jurista a un licenciado en ciencias jurídicas si no ha contribuido con conocimiento o interpretaciones inéditas en esta área del saber.

Yo he hecho clases de gramática y fonología, pero no me llamaría un lingüista. Aspiro a calificarme de tal cuando haya hecho alguna contribución en esta disciplina, pero esto no ha ocurrido aún. Sí he publicado, no obstante, artículos acerca de literatura antigua, por lo cual me atrevo sin bochorno a llamarme filólogo: pero estoy consciente de que mi grado de bachiller en filología no basta para calificarme así. Tengo una licenciatura en educación, pero no estoy ni cerca de ser un experto en ciencias de la educación.

No estoy seguro de si las calificaciones atribuidas por los periodistas resultan pretenciosas o meramente inadecuadas, pero detecto el posible error cada vez que las leo. Consideraría más preciso, por cierto, que los periodistas describieran adecuadamente a la persona que tiene un grado académico y a la que ha hecho una contribución en una disciplina específica.

Me parece fundamental, en este respecto, distinguir entre indagación e investigación, por una parte, y entre obras de investigación y obras de divulgación, por otra. La indagación consiste en recopilar información. Hay quienes describen esta actividad como «investigación»; pero yerran gravemente, puesto que la indagación forma parte de una investigación, sin duda, mas no es la investigación. ¿En qué consiste la investigación, entonces? Se trata de producir conocimiento nuevo. Si un artículo o libro no propone interpretaciones nuevas con respecto a algún fenómeno natural o cultural, dedicándose también a discutir otras interpretaciones anteriores relativas al mismo, no puede considerarse como el resultado de una investigación. De manera similar, una obra de investigación ofrece y demuestra conocimiento nuevo, pero una obra de divulgación solamente informa acerca de aquella investigación. El científico (o académico) no es un divulgador, sino esencialmente un investigador. Aquel científico que deviene divulgador lo hace a costa de su condición de científico y, desde mi punto de vista, con perjuicio para la ciencia, puesto que abandona la actividad principal de él: la investigación.

Si hubiera mayor claridad en relación con estos conceptos entre los periodistas, seguramente habría menos atribuciones indebidas con respecto a personas que ellos llaman pomposamente «geógrafos, historiadores, astrónomos, entomólogos», etc.

lunes, 27 de marzo de 2017

«Aquarius», de Kleber Mendonça: en defensa de la propiedad privada

Originalmente publicado en El Otro Cine.

El retrato de la vida de Clara (Bárbara Colen y Sônia Braga) en Aquarius tiene varias dimensiones: la familia, la soledad, la propiedad y el hostigamiento. El centro gravitacional de Clara es el departamento que compartió con su marido y en el que crio a sus tres hijos. Ella permanecerá ahí después de haber enviudado y de que sus hijos se marcharan. No solo su familia se habrá ido, sino que también todos sus vecinos: una inmobiliaria en la que trabajan el dueño del edificio «Aquarius» y su nieto Diego (Humberto Carrão), un arquitecto recientemente graduado en EEUU, han comprado todos los departamentos con el fin de demoler el edificio y levantar otro nuevo. Solamente Clara se niega a vender e incluso tiene la intención de comprar uno de los departamentos que sus vecinos han desocupado.


Clara insiste en vivir en este departamento a pesar de que es dueña de otras cuatro propiedades porque tiene un vínculo emocional con él. Resiste la presión de Diego, de sus hijos y del hijo de unos vecinos que se mudaron porque está determinada a cumplir con su voluntad y a ejercer soberanamente su derecho de propiedad sobre la vivienda que ocupa. Si Diego organiza una fiesta en el departamento de arriba, Clara abre una botella de vino y reproduce unos vinilos. Si su hija Ana Paula (Maeve Jinkings) la acusa de terca, ella le recuerda que es la legítima heredera de su padre. Si descubre que la inmobiliaria juega sucio, ella le muestra que puede jugar aún más suciamente. El carácter independiente y la defensa de la propiedad privada están en el corazón de Aquarius.

La honestidad es una virtud en esta película porque muestra lo dulce y lo agraz de la vida en familia: el amor incondicional de la madre por sus hijos aún cuando cuestionan su decisión de permanecer en el edificio; el cariño del esposo que temió perder a su mujer a causa del cáncer, pero terminó muriendo antes de que ella; el disgusto de la abuela que tiene que hacerse cargo sorpresivamente del pequeño nieto porque su hija decidió despedir a la nana y que, no obstante, disfruta de alegres momentos con él. La tía Lucia (Thaia Perez y Joana Gatis) concentra estas dimensiones opuestas y complementarias en la escena de la celebración de su cumpleaños cuando, durante los enternecedores discursos antes de cantar, ella mira un mueble que está en el living y se recuerda a sí misma teniendo sexo sobre él.

Clara es una mujer solitaria. Ha sido capaz de quedarse sola no sólo en el viejo departamento familiar, sino en todo el edificio «Aquarius». Viuda, sin hijos, sin vecinos. Ella se aferra a los recuerdos: de la familia y del trabajo, del amor y de la música. Y, aunque resiente los embates del exterior, resiste con entereza e integridad: tiene claro lo que siente y lo que quiere, sabe quién es y cuáles son las decisiones que se ajustan mejor a su voluntad; escucha las propuestas y consejos y reproches, pero los responde con seguridad cuando no coinciden con lo que quiere. Su soledad física y espiritual no son un obstáculo o un signo de debilidad, sino el rasgo propio de una persona libre que ha tomado decisiones y asumido las consecuencias de ellas.

El departamento, espacio de intimidad a la vez que de reunión, parece una metáfora de la personalidad de Clara: aislado en medio de departamentos deshabitados, lleno de discos en un lugar silencioso, visitado más por quienes anhelan derrumbarlo que por quienes intentan preservarlo, resabio de una generación anterior que es despreciada por la más reciente. Se trata de un estandarte olvidado que resiste a pesar del ímpetu de quienes pretenden reemplazarlo con otro «mejor»: uno que no respeta la propiedad privada ni la dignidad de una mujer solitaria y libre. Convenientemente ubicado frente al mar, el edificio «Aquarius» es bañado cada día con un aire de libertad que hace invencible a su única residente.

Clara logró superar el cáncer en su juventud y siguió adelante sin su seno derecho. En el umbral de la vejez, se encuentra con un enemigo similar en cuanto al perjuicio que es capaz de causar, pero ella está lista para enfrentarlo. La quimioterapia le había arrancado el cabello y la fuerza, pero ahora su cabello es abundante y le brinda una energía que su contrincante no espera encontrar en una mujer en apariencia disminuida. Como un Sansón moderno, ella derrumba las columnas del «Nuevo Aquarius» antes de que este logre siquiera desocupar el espacio que necesita para levantarse. Desde su soledad y sus recuerdos, se yergue orgullosa para defender lo que le pertenece y conservar el estilo de vida que decidió tomar.

lunes, 20 de marzo de 2017

El viajero aspiracional y el turista menospreciado

Originalmente publicado en enpelotas.com.

Una publicidad televisiva del canal National Geographic y una publicación de 9GAG reflejan un prejuicio forjado en los años recientes: que es malo ser turista y resulta mejor ser un viajero. La diferencia entre uno y otro no está clara, por supuesto: quizá no pasa de ser un asunto nominal; pero implica un menosprecio de quien no hace la diferencia, el cual, por defecto, terminará etiquetado como turista.


La distinción entre turista y viajero opone conceptos generales como lo convencional (turista) y lo alternativo (viajero) o lo colectivo (turista) y lo individual (viajero). Y no se trata de elecciones inocuas, sino de exigencias generacionales. El Cristián me lo dijo hace (unos cinco) años en una conversación por Skype: tengo que haber viajado a Europa antes de cumplir treinta — es una exigencia social. Se trata de una exigencia cuyo peso jamás he sentido, pero él me aseguró que existe. Sin embargo, no basta con viajar: hay que hacerlo de acuerdo con parámetros determinados que te identifiquen como viajero o que, al menos, te dejen fuera del espectro del turista.

Supuestamente, el viajero escapa de las convenciones impuestas por el medio social. No obstante, debería reconocer que lo hace a causa de esta misma presión social apuntando en una dirección diferente: no se trata de una liberación — mon Dieu! — , sino de una sumisión idéntica a la del turista. El mismo afán de viajar parece obedecer a esta obediencia ciega de las prescripciones sociales: tiene que gustarte viajar o no serás reconocido como una persona y tienes que estar dispuesto a ahorrar y a gastar generosamente lo que ahorras en demostrarle al mundo que adoras viajar.

En lo personal, no me gusta hacer viajes que impliquen mucho esfuerzo o que no tengan una justificación racional para emprenderlos, como cumplir con una meta específica o visitar a un amigo. Cuando visité al Alonso en México hace tres años, él y sus papás insistieron en sacarme a pasear prácticamente todos los días por el DF primero y en Puebla después. Debo admitir que disfruté haber visitado la Basílica de Santa María de Guadalupe y la feria de antigüedades de Puebla (y la catedral del DF y las ruinas del Templo Mayor y las de Cholula), pero a mí me bastaba con haber estado de visita en las casas de ellos. Pensar en que debería estar más dispuesto a recorrer y a gastar energía solamente para satisfacer una exigencia social no solamente me agota en la imaginación, sino que me inspira una náusea instantánea.

Como consecuencia de lo anterior, tiendo a tratar despectivamente a algunas personas (especialmente si son cercanas) cuando me manifiestan la intención de hacer un viaje en general o uno que pueda calificarse como no-turístico en particular. ¡Pero qué lata desperdiciar tantas horas en un avión y viajando tan incómodamente! ¿Y qué vas a hacer allá de bueno? No le veo ni el sentido ni la utilidad: uno, como viajero, no aporta en nada al panorama de las pirámides y ellas no van a estar más o menos ahí si las visitamos o no. Tampoco nos harán más ricos ni más bellos ni más saludables ni más sabios: si uno quiere saber más acerca de algo, avanza mucho más leyendo literatura especializada que visitando un sitio. No existe, realmente, justificación racional para hacer estos viajes salvo el placer. Pero resulta mucho más probable que alguien lo haga por lo que me dijo Cristián: la obligatoriedad implícita de viajar y de hacerlo de acuerdo con un conjunto de reglas estricto.

Yo ya les he advertido a mis amigos: no me inviten a sus paseos buenos para nada. Si insisten y me convencen, lo haré solamente para hacer su experiencia lo más desagradable posible: me quejaré de cada detalle, refunfuñaré por cada paso y criticaré cada decisión. ¡A ver si así logro hacerles sentir un ápice del disgusto que me inspira la presión social de viajar y de ser un no-turista!

viernes, 17 de marzo de 2017

Las eternas quejas de la ANIP Chile

Originalmente publicado en enpelotas.com.

Me hice miembro de la ANIP (Asociación Nacional de Investigadores de Posgrado) de Chile poco después de haberme integrado como alumno del Magíster de Investigación en Estudios Clásicos de la Universidad Nacional Australiana el año 2010. Ya no soy alumno de la ANU ni me considero miembro de la ANIP, pero ocasionalmente sigo recibiendo noticias de la Asociación. Me interesé en ella en mi condición no solamente de alumno investigador, sino también de becario de CONICYT.


Desde ese entonces, pues, percibí una intención con la que yo no comulgaba plenamente (y ahora diría que no comparto en lo más mínimo) y que sigue vigente hasta hoy como uno de los objetivos centrales de la ANIP. Cuando me integré en ella, recuerdo que su lema decía «investigar es trabajar». Suena sensato, pensé. Pero luego entendí la intención que yace detrás de este lema. Se trata de que los alumnos de posgrado (especialmente los que hacen investigación más que asignaturas) perciban un salario a cambio de su trabajo como investigadores y que este salario sea financiado con fondos estatales.

¿Por qué se justificaría pagarle un sueldo a un alumno de posgrado cuando él decidió voluntariamente sacrificar algunos años de su vida con la meta de obtener un grado académico? Existe, por cierto, una buena razón para hacerlo. Muchos alumnos de posgrado, especialmente en ciencias básicas y en investigación cuantitativa de ciencias sociales, no trabajan sobre un proyecto propio, sino que tienen que colaborar y asistir a investigadores más experimentados (sus profesores guía) en las investigaciones que ellos llevan adelante: de manera que las tesis de estos alumnos servirán para desarrollar proyectos de investigación mayores que dependen, en última instancia, de un investigador consolidado. Por supuesto, cuando un alumno colabora en el desarrollo de una investigación que depende de alguien más, debería recibir un salario. Pero este salario no lo tiene que pagar el Estado, sino el investigador interesado: aquel que percibirá el beneficio de la colaboración prestada por el alumno.

En el caso de las humanidades y la investigación cualitativa de las ciencias sociales, los alumnos suelen planificar y dirigir sus propios proyectos de investigación en lugar de colaborar con proyectos más grandes dirigidos por sus supervisores. Como están trabajando sobre sus propios proyectos y los resultados de ellos no serán útiles, en lo inmediato, para el proyecto de nadie más, no se justifica de ninguna manera que reciban financiamiento de sus supervisores o de los contribuyentes.

Algunos dirán que el Estado debe financiar a los alumnos de posgrado porque sus hallazgos benefician a toda la comunidad. Esta conclusión resulta discutible y, aun cuando fuere cierta en un cien por ciento, no constituiría un argumento válido para obligar a todas las personas a pagar por este resultado. Porque, ciertamente, los teléfonos móviles y el agua potable son productos tangibles que benefician a toda la comunidad, pero solamente quienes adquieren estos productos deben pagar por ellos. No sería sensato obligar a todas las personas a pagar por el cálculo estructural de la casa en la que habito, aun cuando este cálculo haya evitado que esta casa se desplomase durante el terremoto del 2010. El beneficio del cálculo estructural resulta innegable y seguramente salvó miles de vidas los años 2010 y 2015 en Chile, pero esto no obliga a toda la comunidad a pagar ni por su desarrollo ni por su implementación.

De hecho, el pago obligatorio por un bien o servicio, sin importar cuán benéfico resulte, conduce a una obstrucción del desarrollo en lugar de su estímulo, puesto que atenta contra el ánimo productivo del individuo e implica una transferencia involuntaria de riqueza.

Por otra parte, también es falso que la investigación esté dirigida a mejorar la calidad de vida de las personas o el desarrollo humano general. Este es un efecto imprevisto, si bien sumamente positivo, de la investigación científica y académica. El verdadero motor de los investigadores es la curiosidad: así de sencillo y así de «egoísta». Si un alumno investigador no tiene el impulso de la curiosidad, no habrá una fuerza que lo arranque de las sábanas para ir al laboratorio, la biblioteca o la oficina: ustedes saben que no recibe dinero a cambio de su esforzada actividad.

Y el esfuerzo que significa llevar adelante la investigación tampoco es un mérito suficiente como para justificar el financiamiento de los contribuyentes, porque los miembros de la Coordinadora Arauco-Malleco (grupo terrorista chileno) o del Estado Islámico también se esfuerzan mucho en conseguir armas y municiones, pero esto no implica que los contribuyentes deban financiarlos.

La ANIP y sus miembros han insistido en un discurso que implica lo siguiente: el Estado debe pagarles a los alumnos que investigan y debe financiar todos los proyectos de investigación que propongan tanto estos cuanto los investigadores consolidados. Todos ellos están de acuerdo con justificar sus proyectos, puesto que les encanta argumentar y demostrar la importancia de su investigación. El problema está en que, como dije antes, nada de esto obliga a los demás a financiarlos. Y creo que la ANIP tiene que hacerse cargo de esta realidad.

Insistir en el financiamiento estatal implica oponerse al desarrollo general de la humanidad. Porque, por muy buenos que sean los descubrimientos de la investigación, la utilización de fondos estatales implica hacer transferencias involuntarias de riqueza para financiarla y estas transferencias involuntarias dañan la utilidad de las inversiones, deterioran la confianza y empobrecen, finalmente, a esa misma sociedad desde donde los investigadores esperan obtener recursos.

Los investigadores solemos ser sumamente laxos moralmente en cuanto al origen de los fondos y a las implicaciones éticas de la investigación. Si no existiesen los comités de ética, habría estudios sobre personas iguales a los que se llevan a cabo con animales. Pero me parece importante entender que, en el caso del financiamiento, aspirar a los fondos estatales implica no solamente codiciar el dinero robado a quienes lo han producido, sino también mermar las bases del desarrollo humano general. Porque este desarrollo, que hemos visto catapultado espectacularmente durante los últimos dos siglos, no está fundado en la transferencia involuntaria de riqueza, sino en la creación de ella por intermedio de los intercambios voluntarios.

miércoles, 15 de marzo de 2017

«Silence» (2016), de Martin Scorsese: factum est silentium in caelo

Originalmente publicado en El Otro Cine.

‘Silence’ de Martin Scorsese narra, en extensos 161 minutos, cómo el pragmatismo parece vencer a la convicción y cómo, en el fondo, la convicción subsiste a pesar del pragmatismo. Esta es la forma sencilla de decir que pragmatismo y convicción conviven en la historia en grados difíciles de precisar, aunque con una explícita imposición final de la convicción sobre el pragmatismo.





Nuestro protagonista, el padre Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield), lucha con vehemencia para mantenerse públicamente fiel a la fe cristiana; pero en un punto termina cediendo a las presiones de Inoue (Issey Ogata) y reniega ante todos de su fe, manteniéndola, no obstante, en su corazón. Incurre en esta negación para proteger a los cristianos japoneses que lo siguen de las torturas impuestas por Inoue.

Sebastião niega su fe por amor al prójimo, que es un aspecto importante de la doctrina cristiana, pero no el central: este se encuentra en la vida eterna a la que accederán los que creen que Jesús es el Cristo y el argumento más fuerte para esparcir esta noticia es que Él resucitó. Focalizándonos en este aspecto central, la vida ultramundana, los sufrimientos que experimentamos durante la vida se vuelven insignificantes: esta es la razón por la cual Sebastião decide no incurrir en apostasía en un principio. No obstante, la realidad del mundo implica necesidades físicas y emocionales e implica también el dolor y la conmiseración.

Sebastião es sometido a la tortura psicológica de testificar las torturas impuestas por Inoue sobre los aldeanos conversos hasta llegar al punto en el que no puede tolerarlo: su perturbación es tanta que incluso imagina la voz de Cristo diciéndole que pise su imagen como una metáfora de su apostasía fingida. Entonces se impone el criterio pragmático del amor al prójimo sobre el criterio convicto de la vida eterna. El amor al prójimo también hace desear que el otro acceda a la vida eterna y a no concederle importancia al sufrimiento que este experimenta durante su vida terrenal, pero la naturaleza humana es débil y frágil.

El símbolo máximo de esta naturaleza quebradiza es Kichijiro (Yosuke Kubozuka), quien constantemente incurre en apostasía e incluso delata a Sebastião y a japoneses conversos, pero se arrepiente cada vez y busca a Sebastião para que lo confiese. Este personaje es un símbolo del hombre débil al que Jesús buscó con más interés que al resto, como Pedro negándolo tres veces antes de que cantase el gallo, para depositar sobre él el destino de su Iglesia en el mundo.

La trama alude al título de la película como la ausencia de respuesta de Dios (llamado frecuentemente con su nombre latino Deus) ante las súplicas y el sufrimiento de sus hijos en el mundo: una problematización bastante típica (y débil) para cuestionar la existencia de Dios que Scorsese no podía omitir en esta obra so pena de haber incurrido en inverosimilitud. La problematización es débil porque, estando la vida eterna en el centro del mensaje cristiano, el sufrimiento mundano deviene insignificante: los mortales son sensibles a él porque lo experimentan cada día, pero no Dios ni quienes habitan con Él. Resulta necesario retratarla, no obstante, porque forma parte de la experiencia religiosa de todos los occidentales (creyentes o no).

La película también relata la complicada relación de los japoneses con los europeos que llegaron al archipiélago durante el siglo XVII. Este tema también es visible en la serieShogun’ (1980) o en la serie animada Juuni Kokki’ (2002): los propios japoneses (la película de Scorsese está inspirada en la novela homónima de Shusaku Endo) parecen percibirse como una sociedad cerrada en la que los foráneos difícilmente podrán entrar y, aún haciéndolo, jamás serán considerados miembros plenos y legítimos de su comunidad.

Adornada con ominosos silencios en escenas de gran carga emotiva y con cuadros superiores o panorámicos sublimes que transportan el espíritu hacia una experiencia estética completa, Silence’ destaca lo corpóreamente humano: la fragilidad del cuerpo, la angustia del hambre, las incomodidades de la lluvia y del sol, la diferencia entre vestir harapos y ropa limpia, el horror de la tortura a la vez que la comodidad de un living con una taza de té caliente.

lunes, 6 de marzo de 2017

Atención al cliente: de la amabilidad a la honestidad

Originalmente publicado en enpelotas.com.




En varias oportunidades me he enfrentado con vendedores inoficiosos que responden mis solicitudes afirmando que no es posible hacer lo que yo pido. Y esta es una mentira tan grande que simplemente no la puedo tolerar: tiene que ser contestada y aplastada. ¿Cómo que no pueden decorar la esquina superior izquierda de mi cuenta con un narciso! ¡Esto es intolerable! Resulta obvio, para cualquiera, que la empresa tiene la capacidad de imprimir un narciso en la esquina superior izquierda de la cuenta que remite a mi domicilio: ¿cómo podría no tenerla si hasta yo podría hacer una impresión sobre la hoja en mi casa?

Tratando de terminar una conversación que considera inútil, de desechar una solicitud que sabe irrelevante y de no ser grosero al mismo tiempo, el vendedor opta por mentir y afirmar que «no es posible» acceder a mi pedido. Pero yo sé que esto es mentira. Él me dirá que las cuentas tienen un formato fijo y que no es posible alterarlo. Pero también sé que esto es mentira. Es una discusión que he tenido muchas veces con diferentes vendedores por solicitudes extravagantes que hago como cliente. Y cada vez me da rabia que me mientan y que me queden mirando con incredulidad cuando les digo que «tiene que haber alguien en la empresa capaz de tomar esta decisión». Obviamente hay alguien: las decisiones dependen de personas; no vienen desde el cielo. Pero ellos me hablan como si, en verdad, las decisiones hubieran salido desde la tierra: y creo que ni cuando tenía cuatro años me tragaba estos cuentos.

Lo que yo espero del atribulado vendedor — y de todas las personas en el mundo — es honestidad: esto me parece más importante — muchísimo más, por cierto — que la amabilidad. Ni siquiera espero que me traten bien, sino que me digan la verdad: esto equivale, para mí, a un verdadero trato respetuoso; no que me mientan y me traten como a un deficiente mental. El vendedor debería decirme «la empresa no se va a molestar en imprimir un narciso en su cuenta porque su solicitud es absurda». Esta declaración sería mucho más reconfortante no solo porque sería honesta, sino también porque reflejaría el respaldo de la empresa sobre la decisión de su empleado e implicaría una decisión -¡milagro!

A veces siento que muchas personas se niegan a tomar algunas decisiones o, habiéndolas tomado, se niegan a comunicármelas porque parecen creer que me ofenderán. ¿Sabes lo que de verdad me ofende?: que no tengas la resolución para decirme que no me encuentras la razón y que decidiste rechazar mi solicitud. ¿Cómo voy a respetar a alguien que no manifiesta abiertamente su desacuerdo conmigo? Yo quiero ver decisiones, quiero ver ejercicio de la soberanía personal e institucional, quiero ver sensatez y quiero ver comunicación honesta.

Por supuesto, mis ideas buenas ahora llegan tan lejos como las malas a causa de este problema actitudinal. Para que mis solicitudes mejor fundamentadas lleguen a ser escuchadas, primero tiene que haber un cambio de actitud: el empleado que está en la primera línea, atendiendo a los insensatos clientes como yo, tiene que compatibilizar su amabilidad con una irrestricta honestidad. No debe mentirles a los clientes (ni a nadie) jamás. Aunque sea difícil, no tiene que hacerlo. Este es el primer paso (y uno muy importante) para que llegue a haber una comunicación enriquecedora entre clientes y empresas, porque actualmente lo que hay es un ciego armando un rompecabeza.

Como soy una persona racional y quiero ser tratada como tal, estoy más dispuesto a admitir que mis solicitudes sean rechazadas por estúpidas que a aceptar que sean desechadas por «imposibles» (cuando este «imposible» es perfectamente posible). No necesito vendedores condescendientes que me mientan para no herir mis sentimientos: no solamente los herirán más al hacerme sentir denigrado con sus mentiras, sino que me harán enfadar y tratarlos mal de vuelta. Soy racional, pero también sensible.

En el fondo, quiero ser tratado como persona; quiero que quien me atiende respete el principio de reciprocidad y me trate como su igual: no como a un niño o un deficiente. El servicio al cliente mejoraría enormemente si el cliente es tratado como persona y no como alguien incapaz de entender razones. Y tratar como persona no significa (solamente) amabilidad, sino sobre todo respeto. Y el respeto implica tratarlo como alguien que puede recibir una explicación honesta en lugar de una mentira. Parece una norma básica, pero muchas empresas la ignoran a propósito y suscitan la frustración e incluso la ira de los clientes, que se sienten tratados como infantes o mascotas.