sábado, 25 de febrero de 2017

«Ed Wood» (1994), de Tim Burton: visions are worth fighting for

Originalmente publicado en El Otro Cine.




Si no creemos en nosotros mismos, no tenemos nada más en qué creer en el mundo. Esta máxima recorre la película Ed Wood’ (1994) de principio a fin. En las palabras de Orson Welles, retratado como el héroe de Ed Wood en la película, “vale la pena luchar por las visiones”. El uso de “visiones” hace parecer, no obstante, que la misma escena en que dice esto es una visión onírica del protagonista. La película completa parece formar parte de un sueño más que retratar parte de la carrera de Edward D Wood Jr. con su uso del blanco y negro en lugar del color y la candidez e impresionabilidad del protagonista. Este juicio resulta pesimista, por cierto, pero no le quita fuerza al mensaje central: que los sueños personales son dignos de ocupar el centro de nuestras vidas. De hecho, el carácter onírico que envuelve la obra parece darle un contexto apropiado, si bien redundante o hasta irónico, al mensaje central.

El protagonista de Ed Wood’ ve algo maravilloso y genial, digno de ser rescatado y mostrado, allí donde todos ven algo no sólo corriente, sino repugnante: tanto sus historias cuanto sus colaboradores brindan ejemplos de esta tendencia. Un hombre (blanco y heterosexual) que disfruta de transvestirse, un monstruo que sirve a un científico malvado y se enamora de una chiquilla secuestrada por su amo, unos extraterrestres que convierten a los humanos muertos en zombies para evitar la destrucción de la galaxia. Estas historias, ciertamente extravagantes, no parecen cuajar como para llegar a convertirse en películas. Pero tienen algo que seduce al impetuoso Ed Wood y lo impulsa de forma irremisible a conseguir los fondos para filmarlas.




Su séquito de actores y ayudantes está compuesto por “fenómenos” que se suman lentamente al grupo, tal como ocurre en un videojuego del tipo RPG: un transvestido que quiere ser transexual y fracasa en su intento (Bunny Breckinridge), un luchador sueco (Tor Johnson), el legendario actor húngaro Béla Lugosi, un charlatán que hace las veces de adivino en televisión (Criswell), una chiquilla que lo dejó todo para cumplir su sueño cinematográfico en Hollywood (Kathy O’Hara), la exanimadora de un programa televisivo dedicado a películas de terror (Vampira). No solo sus ocupaciones o historias resultan excéntricos, sino también la apariencia de cada uno. Como le dice Kathy a Vampira, “Eddie es el único tipo del pueblo que no se pasa juzgando a la gente”: solo así se explica su tolerancia con ellos. Pero lo que siente Ed va más allá: se trata de admiración por la personalidad o las cualidades únicas de cada una de las personas que elige como sus actores. No le resulta fácil convencer a cada uno para que trabaje con él, pero esta fascinación honesta de él por ellos los atrapa más allá de la mera relación contractual.

La única persona que abandona a Ed es su novia Dolores Fuller: ella no pudo comprender la excentricidad de Ed y de quienes lo comenzaron a rodear en su camino por la industria cinematográfica. Su salida, no obstante, significará la completa liberación de Ed en cuanto a su personalidad y a su proceso creativo: ya no sentirá vergüenza por usar ropa de mujer ni deberá asegurarle un rol protagónico a Dolores en sus películas. Él evitaba ser honesto con ella en un principio — en dos ocasiones le dio la espalda para esconder su propia reacción ante ella — y, aunque fue capaz de confesarle su gusto por transvestirse, ella no fue capaz de aceptarlo.




La première de ‘Bride of the Monster’, la segunda de las tres películas dirigidas por Ed en la trama, nos muestra un público desbordado y agresivo que termina haciendo huir a Ed y su equipo. Este episodio refleja cuál es la opinión que el público tiene acerca del trabajo de Ed, acerca de sus gustos y acerca de él mismo: lo desprecian con una repugnancia abierta y hasta violenta. Ed, no obstante, sigue creyendo en sí mismo y muestra un entusiasmo irracional por aquello que inspira su admiración. Su espíritu es verdaderamente indoblegable, pero no su cuerpo: así que igualmente huye con sus acompañantes, por quienes expresa una devoción genuina (y sabe que es retribuido).

Ed tiene en contra el buen gusto y el destino; pero lucha enconadamente contra ellos porque sabe que, si no lo hace, se estaría traicionando a sí mismo y autodestruyendo. Él admite que sus sueños, así de repulsivos como le parecen al resto del mundo, son un reflejo de su veradero yo y no puede, por ende, renunciar a ellos: tienen que ser así o no ser de ninguna manera. Ed Wood es el hombre que no solamente se ajusta al mundo, sino que lo forja para el futuro: su forma no coincide, así que entra a la fuerza y opera una transformación permanente del molde en el que se acomodó. Esta es la visión transmitida en la película de Burton: la de un hombre que se atreve a usar ropa de mujer, trabajar con personas rechazadas y hacer películas que son fracasos reconocidos porque este es el reflejo de lo que él es.

domingo, 19 de febrero de 2017

Mejorando la relevancia mundial del castellano

Originalmente publicado en El Quinto Poder.


El doctor Kai Chan describe un método para medir la utilidad o eficacia — me atrevería a decir también relevancia — de una lengua de acuerdo con cinco criterios: geografía, economía, comunicación, conocimiento y diplomacia. El factor geográfico considera los países en los que se habla una lengua, el área terrestre y los turistas que llegan a ella. El factor económico considera el PIB, el ingreso per cápita, las exportaciones, el mercado de divisas y la composición SDR. El factor comunicativo considera los hablantes nativos, los hablantes de segunda lengua, el tamaño de las familias y los turistas que salen. El factor cognitivo-mediático considera el contenido de Internet, las películas estelares, las quinientas universidades mejor posicionadas y las revistas académicas. El factor diplomático, por último, considera el FMI, la ONU, el Banco Mundial y un conjunto de diez organizaciones supranacionales.

Hay dos aspectos específicos del factor cognitivo-mediático sobre los cuales estoy influyendo con mi actividad de escritura: el contenido de Internet y las revistas académicas. Chan fue consultado en una charla acerca de por qué no había incluido los libros publicados y traducidos en el índice y respondió que estos datos no están fácilmente disponibles en Internet, así que deberemos esperar hasta que hayan sido recolectados para incorporarlos. Desde una focalización cuantitativa, mi impacto es mínimo porque, aún cuando escriba alrededor de mil palabras al día (lo que suma unas doscientos sesenta mil al año = tres libros en un año y ciento veinte en cuarenta), este número no aporta con más que un grano de arena al conjunto total de textos escritos en castellano. El impacto solamente será significativo en cuanto que yo produzca textos de calidad. Privilegiar la calidad no implica sacrificar la cantidad, puesto que 1) una práctica sostenida colabora con una calidad que mejore progresivamente y 2) resulta deseable producir la mayor cantidad posible de textos con buena calidad. Una producción de gran volumen y de buena calidad ayudará, sin duda, a mejorar el factor cognitivo-mediático del castellano.

En el índice de Chan, aplicado con los parámetros actuales, el castellano ocupa el 4to lugar (con 0,329 puntos) de la tabla después del inglés (0,889), el mandarín (0,411) y el francés (0,337). El inglés, de hecho, se ubica en el 1er lugar del factor cognitivo-mediático y de todos los demás, de manera que su puntaje global lo ubica no solo un lugar por encima del mandarín, sino que a una importante distancia (0,889 contra 0,411). El castellano tiene como factor más influyente el diplomático (0,950 puntos = 3er lugar), lo que vuelve débil su posición tan elevada en la tabla. En cuanto al factor geográfico, alcanza un puntaje de 0,438 (3er lugar); en cuanto al comunicativo, 0,319 (3er lugar); en cuanto al económico, 0,207 (5to lugar); en cuanto al cognitivo-mediático, 0,081 (7mo lugar). El inglés ocupa el 1er lugar en el factor cognitivo-mediático (0,942) y es seguido desde muy lejos por el hindi (0,167), el cual dobla el puntaje del castellano para el mismo factor y solamente ha sumado puntos sobre la base de las películas estelares (!). En pocas palabras, el factor cognitivo-mediático del castellano a nivel global resulta mediocre cuando es comparado con las diez lenguas más relevantes del mundo.

Me parecen notorias, por cierto, las diferencias de calidad entre la Enciclopedia Británica y la Enciclopedia Espasa-Calpe o entre el Diccionario Oxford y el Diccionario de la Real Academia Española o entre la Wikipedia en inglés y en castellano: incluso tengo la impresión de que los blogs contienen menos errores ortográficos y están mejor escritos en inglés que en castellano. Estas diferencias de calidad no tienen tanto que ver con los estilos de redacción cuanto con las ideas y la disciplina intelectual que hay detrás de cada texto. En las culturas hispana y anglicana circulan manuales de redacción focalizados en el estilo, pero algunas de sus recomendaciones resultan dudosas cuando no opuestas a lo que se espera de una escritura de calidad. Así ocurre con la recomendación de utilizar siempre la 3ra persona para los verbos en castellano o la de no comenzar un enunciado con una conjunción en inglés.

Contribuyo, por ende, al mejoramiento en la calidad de los textos escritos en castellano produciendo yo mismo textos de buena calidad y sirviendo como ejemplo para hablantes nativos y, especialmente, para hablantes no nativos que escriban en castellano. El aspecto fundamental, me parece, para producir textos de la más alta calidad es la exposición de ideas originales fundamentadas de manera estricta y lógica. Estas ideas resultan mejor expuestas, por cierto, cuando se presentan como una convicción personal en lugar de como un hecho separado de quien escribe. Este es, por cierto, el propósito que formulé cuando inauguré mi perfil en Patreon. La intuición me hizo pensar en el inglés y el mandarín como los «gigantes» con los cuales compite el castellano y el índice de Chan me ha permitido visualizar numéricamente el desafío: es enorme.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Voluntario del programa Explora de CONICYT

Originalmente publicado en El Quinto Poder.

Recibí inesperadamente un regalo de CONICYT: un cuaderno negro de tapas duras y marcapáginas de género adosado, que tiene impresa la palabra «CONICYT» arriba de cada página derecha y la palabra «Explora» arriba de cada página izquierda. Se trata, naturalmente, de un reconocimiento por mi voluntariado en el programa del mismo nombre durante el año pasado. El regalo no contenía ninguna carta o nota, pero su intención y motivación parecen evidentes.

He participado como voluntario del programa Explora de CONICYT en dos oportunidades durante dos años consecutivos. En ambas oportunidades he ofrecido entre diez y veinte charlas, aunque solo me han pedido una, y fueron acerca del juicio de Paris, retratado en vasijas áticas, lo que ubica el tema entre los siglos 6to y 4to aC. La primera charla tuvo lugar en un colegio de La Florida y la segunda en un colegio de Macul. En ambas ocasiones tuve menos público que el que había solicitado: pedí de cien a doscientos alumnos y me llevaron menos de veinte.

Si hay un error que me propongo corregir las próximas veces que participe de este voluntariado es no llevar solo alumnos humanistas y, entre estos, a los que tienen buen rendimiento, pues el evangelio de la academia no se puede esparcir con efectividad si llega a audiencias reducidas y filtradas varias veces: necesita llegar al mayor público posible, independientemente de su interés declarado o presunto. El científico o académico voluntario del programa Explora está sacrificando tiempo valioso que se desperdicia a causa de los escrúpulos de profesores al constituir la audiencia.

La importancia del programa Explora es que los alumnos pueden conocer de primera fuente la labor de científicos y académicos, de manera que puedan interesarse en perseguir una carrera de este tipo. No estoy seguro de qué tan efectivo sea este método, porque todos los que damos estas charlas llegamos donde estamos sin haber recibido a los voluntarios de Explora en nuestros colegios y liceos. De todas maneras, la mejor manera para medir la efectividad sería realizar una investigación, pero dudo de que alguien tenga los recursos para financiarla o que CONICYT lo haga, pues tomaría demasiados años hacer una medición precisa del impacto concreto.

A pesar de mis dudas he participado y tengo la intención de seguir haciéndolo, llegando a una audiencia lo más amplia posible entre alumnos de enseñanza media. Me interesa aclararles la diferencia entre ciencias y humanidades, y mostrarles algo del trabajo de investigación — que no es de mera indagación, sino de producción de conocimiento nuevo — que llevo a cabo. También me interesa enseñarlesque la investigación científica y académica no consiste en indagar o recopilar información, sino en crear conocimiento nuevo. Por lo tanto, cuando no se pretende o no se consigue crear conocimiento nuevo, no puede decirse que haya investigación de carácter científico o académico. Por ejemplo, alguien mirando o haciendo videos en YouTube no está practicando ciencia.

Supongo que ninguno de los voluntarios espera retribución por las charlas que damos. Y creo que debemos compartir la esperanza de que de algo sirven estas charlas. Si bien su impacto no ha sido medido, es una actividad satisfactoria, al menos, porque brinda la oportunidad de entrar en contacto con jóvenes que en determinados casos están ansiosos de adquirir nuevos conocimientos y muy necesitados de dejar atrás ciertas leyendas populares.