lunes, 27 de marzo de 2017

«Aquarius», de Kleber Mendonça: en defensa de la propiedad privada

Originalmente publicado en El Otro Cine.

El retrato de la vida de Clara (Bárbara Colen y Sônia Braga) en Aquarius tiene varias dimensiones: la familia, la soledad, la propiedad y el hostigamiento. El centro gravitacional de Clara es el departamento que compartió con su marido y en el que crio a sus tres hijos. Ella permanecerá ahí después de haber enviudado y de que sus hijos se marcharan. No solo su familia se habrá ido, sino que también todos sus vecinos: una inmobiliaria en la que trabajan el dueño del edificio «Aquarius» y su nieto Diego (Humberto Carrão), un arquitecto recientemente graduado en EEUU, han comprado todos los departamentos con el fin de demoler el edificio y levantar otro nuevo. Solamente Clara se niega a vender e incluso tiene la intención de comprar uno de los departamentos que sus vecinos han desocupado.


Clara insiste en vivir en este departamento a pesar de que es dueña de otras cuatro propiedades porque tiene un vínculo emocional con él. Resiste la presión de Diego, de sus hijos y del hijo de unos vecinos que se mudaron porque está determinada a cumplir con su voluntad y a ejercer soberanamente su derecho de propiedad sobre la vivienda que ocupa. Si Diego organiza una fiesta en el departamento de arriba, Clara abre una botella de vino y reproduce unos vinilos. Si su hija Ana Paula (Maeve Jinkings) la acusa de terca, ella le recuerda que es la legítima heredera de su padre. Si descubre que la inmobiliaria juega sucio, ella le muestra que puede jugar aún más suciamente. El carácter independiente y la defensa de la propiedad privada están en el corazón de Aquarius.

La honestidad es una virtud en esta película porque muestra lo dulce y lo agraz de la vida en familia: el amor incondicional de la madre por sus hijos aún cuando cuestionan su decisión de permanecer en el edificio; el cariño del esposo que temió perder a su mujer a causa del cáncer, pero terminó muriendo antes de que ella; el disgusto de la abuela que tiene que hacerse cargo sorpresivamente del pequeño nieto porque su hija decidió despedir a la nana y que, no obstante, disfruta de alegres momentos con él. La tía Lucia (Thaia Perez y Joana Gatis) concentra estas dimensiones opuestas y complementarias en la escena de la celebración de su cumpleaños cuando, durante los enternecedores discursos antes de cantar, ella mira un mueble que está en el living y se recuerda a sí misma teniendo sexo sobre él.

Clara es una mujer solitaria. Ha sido capaz de quedarse sola no sólo en el viejo departamento familiar, sino en todo el edificio «Aquarius». Viuda, sin hijos, sin vecinos. Ella se aferra a los recuerdos: de la familia y del trabajo, del amor y de la música. Y, aunque resiente los embates del exterior, resiste con entereza e integridad: tiene claro lo que siente y lo que quiere, sabe quién es y cuáles son las decisiones que se ajustan mejor a su voluntad; escucha las propuestas y consejos y reproches, pero los responde con seguridad cuando no coinciden con lo que quiere. Su soledad física y espiritual no son un obstáculo o un signo de debilidad, sino el rasgo propio de una persona libre que ha tomado decisiones y asumido las consecuencias de ellas.

El departamento, espacio de intimidad a la vez que de reunión, parece una metáfora de la personalidad de Clara: aislado en medio de departamentos deshabitados, lleno de discos en un lugar silencioso, visitado más por quienes anhelan derrumbarlo que por quienes intentan preservarlo, resabio de una generación anterior que es despreciada por la más reciente. Se trata de un estandarte olvidado que resiste a pesar del ímpetu de quienes pretenden reemplazarlo con otro «mejor»: uno que no respeta la propiedad privada ni la dignidad de una mujer solitaria y libre. Convenientemente ubicado frente al mar, el edificio «Aquarius» es bañado cada día con un aire de libertad que hace invencible a su única residente.

Clara logró superar el cáncer en su juventud y siguió adelante sin su seno derecho. En el umbral de la vejez, se encuentra con un enemigo similar en cuanto al perjuicio que es capaz de causar, pero ella está lista para enfrentarlo. La quimioterapia le había arrancado el cabello y la fuerza, pero ahora su cabello es abundante y le brinda una energía que su contrincante no espera encontrar en una mujer en apariencia disminuida. Como un Sansón moderno, ella derrumba las columnas del «Nuevo Aquarius» antes de que este logre siquiera desocupar el espacio que necesita para levantarse. Desde su soledad y sus recuerdos, se yergue orgullosa para defender lo que le pertenece y conservar el estilo de vida que decidió tomar.

lunes, 20 de marzo de 2017

El viajero aspiracional y el turista menospreciado

Originalmente publicado en enpelotas.com.

Una publicidad televisiva del canal National Geographic y una publicación de 9GAG reflejan un prejuicio forjado en los años recientes: que es malo ser turista y resulta mejor ser un viajero. La diferencia entre uno y otro no está clara, por supuesto: quizá no pasa de ser un asunto nominal; pero implica un menosprecio de quien no hace la diferencia, el cual, por defecto, terminará etiquetado como turista.


La distinción entre turista y viajero opone conceptos generales como lo convencional (turista) y lo alternativo (viajero) o lo colectivo (turista) y lo individual (viajero). Y no se trata de elecciones inocuas, sino de exigencias generacionales. El Cristián me lo dijo hace (unos cinco) años en una conversación por Skype: tengo que haber viajado a Europa antes de cumplir treinta — es una exigencia social. Se trata de una exigencia cuyo peso jamás he sentido, pero él me aseguró que existe. Sin embargo, no basta con viajar: hay que hacerlo de acuerdo con parámetros determinados que te identifiquen como viajero o que, al menos, te dejen fuera del espectro del turista.

Supuestamente, el viajero escapa de las convenciones impuestas por el medio social. No obstante, debería reconocer que lo hace a causa de esta misma presión social apuntando en una dirección diferente: no se trata de una liberación — mon Dieu! — , sino de una sumisión idéntica a la del turista. El mismo afán de viajar parece obedecer a esta obediencia ciega de las prescripciones sociales: tiene que gustarte viajar o no serás reconocido como una persona y tienes que estar dispuesto a ahorrar y a gastar generosamente lo que ahorras en demostrarle al mundo que adoras viajar.

En lo personal, no me gusta hacer viajes que impliquen mucho esfuerzo o que no tengan una justificación racional para emprenderlos, como cumplir con una meta específica o visitar a un amigo. Cuando visité al Alonso en México hace tres años, él y sus papás insistieron en sacarme a pasear prácticamente todos los días por el DF primero y en Puebla después. Debo admitir que disfruté haber visitado la Basílica de Santa María de Guadalupe y la feria de antigüedades de Puebla (y la catedral del DF y las ruinas del Templo Mayor y las de Cholula), pero a mí me bastaba con haber estado de visita en las casas de ellos. Pensar en que debería estar más dispuesto a recorrer y a gastar energía solamente para satisfacer una exigencia social no solamente me agota en la imaginación, sino que me inspira una náusea instantánea.

Como consecuencia de lo anterior, tiendo a tratar despectivamente a algunas personas (especialmente si son cercanas) cuando me manifiestan la intención de hacer un viaje en general o uno que pueda calificarse como no-turístico en particular. ¡Pero qué lata desperdiciar tantas horas en un avión y viajando tan incómodamente! ¿Y qué vas a hacer allá de bueno? No le veo ni el sentido ni la utilidad: uno, como viajero, no aporta en nada al panorama de las pirámides y ellas no van a estar más o menos ahí si las visitamos o no. Tampoco nos harán más ricos ni más bellos ni más saludables ni más sabios: si uno quiere saber más acerca de algo, avanza mucho más leyendo literatura especializada que visitando un sitio. No existe, realmente, justificación racional para hacer estos viajes salvo el placer. Pero resulta mucho más probable que alguien lo haga por lo que me dijo Cristián: la obligatoriedad implícita de viajar y de hacerlo de acuerdo con un conjunto de reglas estricto.

Yo ya les he advertido a mis amigos: no me inviten a sus paseos buenos para nada. Si insisten y me convencen, lo haré solamente para hacer su experiencia lo más desagradable posible: me quejaré de cada detalle, refunfuñaré por cada paso y criticaré cada decisión. ¡A ver si así logro hacerles sentir un ápice del disgusto que me inspira la presión social de viajar y de ser un no-turista!

viernes, 17 de marzo de 2017

Las eternas quejas de la ANIP Chile

Originalmente publicado en enpelotas.com.

Me hice miembro de la ANIP (Asociación Nacional de Investigadores de Posgrado) de Chile poco después de haberme integrado como alumno del Magíster de Investigación en Estudios Clásicos de la Universidad Nacional Australiana el año 2010. Ya no soy alumno de la ANU ni me considero miembro de la ANIP, pero ocasionalmente sigo recibiendo noticias de la Asociación. Me interesé en ella en mi condición no solamente de alumno investigador, sino también de becario de CONICYT.


Desde ese entonces, pues, percibí una intención con la que yo no comulgaba plenamente (y ahora diría que no comparto en lo más mínimo) y que sigue vigente hasta hoy como uno de los objetivos centrales de la ANIP. Cuando me integré en ella, recuerdo que su lema decía «investigar es trabajar». Suena sensato, pensé. Pero luego entendí la intención que yace detrás de este lema. Se trata de que los alumnos de posgrado (especialmente los que hacen investigación más que asignaturas) perciban un salario a cambio de su trabajo como investigadores y que este salario sea financiado con fondos estatales.

¿Por qué se justificaría pagarle un sueldo a un alumno de posgrado cuando él decidió voluntariamente sacrificar algunos años de su vida con la meta de obtener un grado académico? Existe, por cierto, una buena razón para hacerlo. Muchos alumnos de posgrado, especialmente en ciencias básicas y en investigación cuantitativa de ciencias sociales, no trabajan sobre un proyecto propio, sino que tienen que colaborar y asistir a investigadores más experimentados (sus profesores guía) en las investigaciones que ellos llevan adelante: de manera que las tesis de estos alumnos servirán para desarrollar proyectos de investigación mayores que dependen, en última instancia, de un investigador consolidado. Por supuesto, cuando un alumno colabora en el desarrollo de una investigación que depende de alguien más, debería recibir un salario. Pero este salario no lo tiene que pagar el Estado, sino el investigador interesado: aquel que percibirá el beneficio de la colaboración prestada por el alumno.

En el caso de las humanidades y la investigación cualitativa de las ciencias sociales, los alumnos suelen planificar y dirigir sus propios proyectos de investigación en lugar de colaborar con proyectos más grandes dirigidos por sus supervisores. Como están trabajando sobre sus propios proyectos y los resultados de ellos no serán útiles, en lo inmediato, para el proyecto de nadie más, no se justifica de ninguna manera que reciban financiamiento de sus supervisores o de los contribuyentes.

Algunos dirán que el Estado debe financiar a los alumnos de posgrado porque sus hallazgos benefician a toda la comunidad. Esta conclusión resulta discutible y, aun cuando fuere cierta en un cien por ciento, no constituiría un argumento válido para obligar a todas las personas a pagar por este resultado. Porque, ciertamente, los teléfonos móviles y el agua potable son productos tangibles que benefician a toda la comunidad, pero solamente quienes adquieren estos productos deben pagar por ellos. No sería sensato obligar a todas las personas a pagar por el cálculo estructural de la casa en la que habito, aun cuando este cálculo haya evitado que esta casa se desplomase durante el terremoto del 2010. El beneficio del cálculo estructural resulta innegable y seguramente salvó miles de vidas los años 2010 y 2015 en Chile, pero esto no obliga a toda la comunidad a pagar ni por su desarrollo ni por su implementación.

De hecho, el pago obligatorio por un bien o servicio, sin importar cuán benéfico resulte, conduce a una obstrucción del desarrollo en lugar de su estímulo, puesto que atenta contra el ánimo productivo del individuo e implica una transferencia involuntaria de riqueza.

Por otra parte, también es falso que la investigación esté dirigida a mejorar la calidad de vida de las personas o el desarrollo humano general. Este es un efecto imprevisto, si bien sumamente positivo, de la investigación científica y académica. El verdadero motor de los investigadores es la curiosidad: así de sencillo y así de «egoísta». Si un alumno investigador no tiene el impulso de la curiosidad, no habrá una fuerza que lo arranque de las sábanas para ir al laboratorio, la biblioteca o la oficina: ustedes saben que no recibe dinero a cambio de su esforzada actividad.

Y el esfuerzo que significa llevar adelante la investigación tampoco es un mérito suficiente como para justificar el financiamiento de los contribuyentes, porque los miembros de la Coordinadora Arauco-Malleco (grupo terrorista chileno) o del Estado Islámico también se esfuerzan mucho en conseguir armas y municiones, pero esto no implica que los contribuyentes deban financiarlos.

La ANIP y sus miembros han insistido en un discurso que implica lo siguiente: el Estado debe pagarles a los alumnos que investigan y debe financiar todos los proyectos de investigación que propongan tanto estos cuanto los investigadores consolidados. Todos ellos están de acuerdo con justificar sus proyectos, puesto que les encanta argumentar y demostrar la importancia de su investigación. El problema está en que, como dije antes, nada de esto obliga a los demás a financiarlos. Y creo que la ANIP tiene que hacerse cargo de esta realidad.

Insistir en el financiamiento estatal implica oponerse al desarrollo general de la humanidad. Porque, por muy buenos que sean los descubrimientos de la investigación, la utilización de fondos estatales implica hacer transferencias involuntarias de riqueza para financiarla y estas transferencias involuntarias dañan la utilidad de las inversiones, deterioran la confianza y empobrecen, finalmente, a esa misma sociedad desde donde los investigadores esperan obtener recursos.

Los investigadores solemos ser sumamente laxos moralmente en cuanto al origen de los fondos y a las implicaciones éticas de la investigación. Si no existiesen los comités de ética, habría estudios sobre personas iguales a los que se llevan a cabo con animales. Pero me parece importante entender que, en el caso del financiamiento, aspirar a los fondos estatales implica no solamente codiciar el dinero robado a quienes lo han producido, sino también mermar las bases del desarrollo humano general. Porque este desarrollo, que hemos visto catapultado espectacularmente durante los últimos dos siglos, no está fundado en la transferencia involuntaria de riqueza, sino en la creación de ella por intermedio de los intercambios voluntarios.

miércoles, 15 de marzo de 2017

«Silence» (2016), de Martin Scorsese: factum est silentium in caelo

Originalmente publicado en El Otro Cine.

‘Silence’ de Martin Scorsese narra, en extensos 161 minutos, cómo el pragmatismo parece vencer a la convicción y cómo, en el fondo, la convicción subsiste a pesar del pragmatismo. Esta es la forma sencilla de decir que pragmatismo y convicción conviven en la historia en grados difíciles de precisar, aunque con una explícita imposición final de la convicción sobre el pragmatismo.





Nuestro protagonista, el padre Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield), lucha con vehemencia para mantenerse públicamente fiel a la fe cristiana; pero en un punto termina cediendo a las presiones de Inoue (Issey Ogata) y reniega ante todos de su fe, manteniéndola, no obstante, en su corazón. Incurre en esta negación para proteger a los cristianos japoneses que lo siguen de las torturas impuestas por Inoue.

Sebastião niega su fe por amor al prójimo, que es un aspecto importante de la doctrina cristiana, pero no el central: este se encuentra en la vida eterna a la que accederán los que creen que Jesús es el Cristo y el argumento más fuerte para esparcir esta noticia es que Él resucitó. Focalizándonos en este aspecto central, la vida ultramundana, los sufrimientos que experimentamos durante la vida se vuelven insignificantes: esta es la razón por la cual Sebastião decide no incurrir en apostasía en un principio. No obstante, la realidad del mundo implica necesidades físicas y emocionales e implica también el dolor y la conmiseración.

Sebastião es sometido a la tortura psicológica de testificar las torturas impuestas por Inoue sobre los aldeanos conversos hasta llegar al punto en el que no puede tolerarlo: su perturbación es tanta que incluso imagina la voz de Cristo diciéndole que pise su imagen como una metáfora de su apostasía fingida. Entonces se impone el criterio pragmático del amor al prójimo sobre el criterio convicto de la vida eterna. El amor al prójimo también hace desear que el otro acceda a la vida eterna y a no concederle importancia al sufrimiento que este experimenta durante su vida terrenal, pero la naturaleza humana es débil y frágil.

El símbolo máximo de esta naturaleza quebradiza es Kichijiro (Yosuke Kubozuka), quien constantemente incurre en apostasía e incluso delata a Sebastião y a japoneses conversos, pero se arrepiente cada vez y busca a Sebastião para que lo confiese. Este personaje es un símbolo del hombre débil al que Jesús buscó con más interés que al resto, como Pedro negándolo tres veces antes de que cantase el gallo, para depositar sobre él el destino de su Iglesia en el mundo.

La trama alude al título de la película como la ausencia de respuesta de Dios (llamado frecuentemente con su nombre latino Deus) ante las súplicas y el sufrimiento de sus hijos en el mundo: una problematización bastante típica (y débil) para cuestionar la existencia de Dios que Scorsese no podía omitir en esta obra so pena de haber incurrido en inverosimilitud. La problematización es débil porque, estando la vida eterna en el centro del mensaje cristiano, el sufrimiento mundano deviene insignificante: los mortales son sensibles a él porque lo experimentan cada día, pero no Dios ni quienes habitan con Él. Resulta necesario retratarla, no obstante, porque forma parte de la experiencia religiosa de todos los occidentales (creyentes o no).

La película también relata la complicada relación de los japoneses con los europeos que llegaron al archipiélago durante el siglo XVII. Este tema también es visible en la serieShogun’ (1980) o en la serie animada Juuni Kokki’ (2002): los propios japoneses (la película de Scorsese está inspirada en la novela homónima de Shusaku Endo) parecen percibirse como una sociedad cerrada en la que los foráneos difícilmente podrán entrar y, aún haciéndolo, jamás serán considerados miembros plenos y legítimos de su comunidad.

Adornada con ominosos silencios en escenas de gran carga emotiva y con cuadros superiores o panorámicos sublimes que transportan el espíritu hacia una experiencia estética completa, Silence’ destaca lo corpóreamente humano: la fragilidad del cuerpo, la angustia del hambre, las incomodidades de la lluvia y del sol, la diferencia entre vestir harapos y ropa limpia, el horror de la tortura a la vez que la comodidad de un living con una taza de té caliente.

lunes, 6 de marzo de 2017

Atención al cliente: de la amabilidad a la honestidad

Originalmente publicado en enpelotas.com.




En varias oportunidades me he enfrentado con vendedores inoficiosos que responden mis solicitudes afirmando que no es posible hacer lo que yo pido. Y esta es una mentira tan grande que simplemente no la puedo tolerar: tiene que ser contestada y aplastada. ¿Cómo que no pueden decorar la esquina superior izquierda de mi cuenta con un narciso! ¡Esto es intolerable! Resulta obvio, para cualquiera, que la empresa tiene la capacidad de imprimir un narciso en la esquina superior izquierda de la cuenta que remite a mi domicilio: ¿cómo podría no tenerla si hasta yo podría hacer una impresión sobre la hoja en mi casa?

Tratando de terminar una conversación que considera inútil, de desechar una solicitud que sabe irrelevante y de no ser grosero al mismo tiempo, el vendedor opta por mentir y afirmar que «no es posible» acceder a mi pedido. Pero yo sé que esto es mentira. Él me dirá que las cuentas tienen un formato fijo y que no es posible alterarlo. Pero también sé que esto es mentira. Es una discusión que he tenido muchas veces con diferentes vendedores por solicitudes extravagantes que hago como cliente. Y cada vez me da rabia que me mientan y que me queden mirando con incredulidad cuando les digo que «tiene que haber alguien en la empresa capaz de tomar esta decisión». Obviamente hay alguien: las decisiones dependen de personas; no vienen desde el cielo. Pero ellos me hablan como si, en verdad, las decisiones hubieran salido desde la tierra: y creo que ni cuando tenía cuatro años me tragaba estos cuentos.

Lo que yo espero del atribulado vendedor — y de todas las personas en el mundo — es honestidad: esto me parece más importante — muchísimo más, por cierto — que la amabilidad. Ni siquiera espero que me traten bien, sino que me digan la verdad: esto equivale, para mí, a un verdadero trato respetuoso; no que me mientan y me traten como a un deficiente mental. El vendedor debería decirme «la empresa no se va a molestar en imprimir un narciso en su cuenta porque su solicitud es absurda». Esta declaración sería mucho más reconfortante no solo porque sería honesta, sino también porque reflejaría el respaldo de la empresa sobre la decisión de su empleado e implicaría una decisión -¡milagro!

A veces siento que muchas personas se niegan a tomar algunas decisiones o, habiéndolas tomado, se niegan a comunicármelas porque parecen creer que me ofenderán. ¿Sabes lo que de verdad me ofende?: que no tengas la resolución para decirme que no me encuentras la razón y que decidiste rechazar mi solicitud. ¿Cómo voy a respetar a alguien que no manifiesta abiertamente su desacuerdo conmigo? Yo quiero ver decisiones, quiero ver ejercicio de la soberanía personal e institucional, quiero ver sensatez y quiero ver comunicación honesta.

Por supuesto, mis ideas buenas ahora llegan tan lejos como las malas a causa de este problema actitudinal. Para que mis solicitudes mejor fundamentadas lleguen a ser escuchadas, primero tiene que haber un cambio de actitud: el empleado que está en la primera línea, atendiendo a los insensatos clientes como yo, tiene que compatibilizar su amabilidad con una irrestricta honestidad. No debe mentirles a los clientes (ni a nadie) jamás. Aunque sea difícil, no tiene que hacerlo. Este es el primer paso (y uno muy importante) para que llegue a haber una comunicación enriquecedora entre clientes y empresas, porque actualmente lo que hay es un ciego armando un rompecabeza.

Como soy una persona racional y quiero ser tratada como tal, estoy más dispuesto a admitir que mis solicitudes sean rechazadas por estúpidas que a aceptar que sean desechadas por «imposibles» (cuando este «imposible» es perfectamente posible). No necesito vendedores condescendientes que me mientan para no herir mis sentimientos: no solamente los herirán más al hacerme sentir denigrado con sus mentiras, sino que me harán enfadar y tratarlos mal de vuelta. Soy racional, pero también sensible.

En el fondo, quiero ser tratado como persona; quiero que quien me atiende respete el principio de reciprocidad y me trate como su igual: no como a un niño o un deficiente. El servicio al cliente mejoraría enormemente si el cliente es tratado como persona y no como alguien incapaz de entender razones. Y tratar como persona no significa (solamente) amabilidad, sino sobre todo respeto. Y el respeto implica tratarlo como alguien que puede recibir una explicación honesta en lugar de una mentira. Parece una norma básica, pero muchas empresas la ignoran a propósito y suscitan la frustración e incluso la ira de los clientes, que se sienten tratados como infantes o mascotas.

Tu juicio me molesta

Originalmente publicado en enpelotas.com.

Alguien que está obsesionado con engañar a los demás y con evadir las consecuencias emanadas desde estos engaños se alejará, sin duda, de aquel que lo encare por las faltas que ha cometido. Esta persona concentra básicamente dos problemas: carece de libertad y de madurez y les causa daño a quienes la rodean. Su falta de libertad se evidencia tanto en la incapacidad para cumplir con los acuerdos, compromisos y contratos que hace cuanto en su evasión de las consecuencias emanadas de los incumplimientos. En otras palabras, alcanza un compromiso sin tener la capacidad de cumplirlo y hace lo posible por escapar de las consecuencias cuando, en efecto, ha incurrido en un incumplimiento. Alguien así, pues, no es libre ni ha alcanzado la condición de individuo verdadero, puesto que un individuo verdadero solamente se compromete con aquello que se sabe capaz de cumplir y, en caso de no cumplirlo, asume plenamente las consecuencias y no oculta las causas concretas ni las motivaciones personales del incumplimiento.

Esta persona también carece de madurez porque se niega a identificar y comunicar sus emociones: vive en una negación constante de las emociones propias y ajenas, ignorante de quién es realmente e incapaz de conocer la identidad de otras personas o de reconocerse en ellas. Esta inmadurez puede detectarse en comportamientos que corresponden, de manera más evidente, a la deshonestidad, el secretismo, la desconsideración y el narcisismo. La deshonestidad tiene que ver tanto con la desconexión del individuo con sus emociones cuanto con su incapacidad para establecer compromisos serios con otras personas. El secretismo se vincula con el afán de evadir las consecuencias emanadas del incumplimiento de los acuerdos o de otras transgresiones. La desconsideración parece consecuencia natural de la incapacidad del individuo para reconocerse a sí mismo como sujeto libre y verdadero y, por ende, también a los demás. El narcisismo, por último, le impide al sujeto reconocer sus errores y transgresiones, encerrándolo de manera permanente en el refugio que brinda la inmadurez.

Problema y solución están perfectamente identificados. Lamentablemente, el sujeto se niega a colaborar con la solución y, reaccionando como el chiquillo malcriado que es en el fondo de su corazón, se niega siquiera a hablar del asunto. Y aquí uno se queda sin solución: no sabe qué hacer frente a alguien evidentemente disminuido en su condición humana y que, no obstante, se niega a recibir ayuda para superar la situación. Claro, él disfruta de los pequeños e inmediatos placeres infantiles que le otorgan el engaño y la adrenalina de escapar de sus consecuencias; pero se está negando a vivir como una persona real y a disfrutar de los verdaderos placeres: esos que vienen con la capacidad de hacer compromisos reales y de asumir las consecuencias de nuestras faltas. Comparar esto con la satisfacción efímera del inmaduro es como comparar la experiencia de un niño y de un adulto mirando Los Simpson (cf. Simpsons 6.21). El inmaduro, por supuesto, es incapaz de ver la diferencia o de sopesar las ventajas: está contento en su pequeño corral de engaños y escapes furtivos. ¿Cómo ayudar a alguien así, incapaz de reconocer sus propias limitaciones incluso después de hacer un ejercicio racional de conmutación para ponerse en el lugar de los otros?

Uno puede haber aplicado ya los métodos de conmutación, permutación, ley y definición sin resultados positivos. Estos son los más comunes para ser utilizados en cualquier situación y uno se siente inseguro si ellos han fallado. Si no hay voluntad de la otra parte, no parece descabellado que estos métodos resulten inútiles (a pesar de su probada efectividad). Y, para convencer a alguien, como sabemos, hace falta recurrir a argumentos convincentes, si bien muchas veces falaces. En este punto la situación se complica porque resulta difícil utilizar argumentos falaces de forma consciente: parece más aceptable solo utilizar argumentos que sabemos bien fundados y racionales. De todas maneras, tampoco estoy seguro de que algún argumento, fundamentado o falaz, tenga efecto sobre alguien que rechaza hablar y se limita a decir «tu juicio me molesta».

Podría decirse, incluso, que no vale la pena ayudar a alguien así, puesto que, en su afán de escapar desde las consecuencias de sus engaños es capaz incluso de «excomulgar» a quien intenta ayudarlo, rompiendo permanente las comunicaciones con él. Y esta excomunión resulta sumamente significativa porque manifiesta la capacidad del transgresor para desechar a quienes, sin importar cuán cercanos sean a él, se atrevan a sacudir el polvo que descansa sobre la dimensión moral de su persona. Alcanzar este juicio, sin embargo, no es tan sencillo para quien ama sinceramente al transgresor: suena saludable y sensato, pero no se ajusta a lo que deseará quien experimente verdadera caridad. Esta persona, en cambio, no renunciará a prestar ayuda y, por ende, corregir, sino que insistirá en su noble esfuerzo aun cuando este parezca inútil.

Cómo medir el impacto emocional de masas

Originalmente publicado en El Quinto Poder.


Hace años leí acerca del Proyecto de la Conciencia Global y, aunque esotérica, su propuesta me pareció innovadora y respetable: un conjunto de computadores alrededor del mundo produciendo constantemente números aleatorios cuyos datos son comparados con eventos de alto impacto emocional en lugares específicos del planeta. Los líderes del proyecto sostenían, por ejemplo, que habían observado una anomalía — algo así como una perturbación en la fuerza — justo antes de que ocurriera el ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York. No obstante, esta medición fue desacreditada, puesto que una breve ampliación del margen temporal volvía insignificantes los datos. Otra crítica recibida por el proyecto fue la ausencia de anomalías en relación con el terremoto y tsunamis de 2004 en el Sudeste asiático: uno de los eventos más traumáticos de la década a nivel global.

Según JD Reed (The New York Times 09–03–2003), «el mercado bursátil parece un reflejo más verosímil de la resonancia emocional nacional — si es que no global» que el Proyecto de la Conciencia Global. Esta idea, expresada casi como un comentario de sobremesa, me ha parecido atractiva y amerita, de acuerdo con mi criterio, que sea contrastada con datos obtenidos a través de otros canales.

El Hedonómetro mide el grado de felicidad expresado por las personas en Twitter de acuerdo con las palabras que usan en sus tweets. Ha recolectado datos desde el 2009 en adelante y tiene una atractiva herramienta visual que vincula los picos y fondos a la vez que varios puntos intermedios con eventos de impacto diverso.

El proyecto We Feel, de la Commonwealth Scientific and Industrial Research Organisation (CSIRO) en Australia, hace algo similar al Hedonómetro, pero tiene sus datos segregados geográficamente, lo cual permite hacer distinciones diatópicas que presumo útiles a la hora de comparar información. Además, genera gráficos automáticos con los datos de un día o de un mes en relación con el mundo entero o con el área geográfica que uno escoja, si bien estas áreas ya están delimitadas por la plataforma y no podemos alterarlas.

Estas herramientas darían un salto importante en sus tareas si, aparte de analizar Twitter — además de otras redes sociales y diarios electrónicos, etcétera — , se enfocaran sobre los datos ya recolectados por Ngram Viewer, que tiene el registro de las palabras utilizadas en millones de libros en las lenguas más habladas del mundo. Este análisis permitiría establecer las tendencias emotivas globales y locales de los últimos 215 años, por lo menos. Como ya tenemos los datos de las bolsas de valores, solamente hay que dedicar el tiempo necesario para hacer las comparaciones de rigor y establecer un método que nos permita identificar la naturaleza de la relación entre los diferentes grupos de datos.

Espero utilizar yo mismo los datos disponibles desde el Proyecto de la Conciencia Global, el Hedonómetro y We Feel para contrastarlos con los índices bursátiles de — digamos — los últimos diez años. Pero espero también que las herramientas del Hedonómetro y We Feel se combinen con los datos recolectados por Ngram Viewer. Supongo que les escribiré a algunas personas en el futuro para sugerir este paso.

Una observación rápida de los datos recolectados el 08 de noviembre de 2016, día de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, revela un aumento notable tanto de la alegría cuanto de la tristeza según We Feel a la vez que un importante descenso en el uso de palabras positivas según el Hedonómetro. No soy capaz de interpretar los datos del Proyecto de la Conciencia Global para este día, pero definitivamente no veo un impacto en la Bolsa de Nueva York. Se trata de un caso muy puntual, por supuesto, pero este es el tipo de ejercicio que pretendo hacer.

domingo, 5 de marzo de 2017

Terminando una amistad entre hombres

Originalmente publicado en enpelotas.com.


No me esperaba que tomares la decisión de no hablarme ni escucharme más en el futuro. Después de que me dijiste que esta era una «estación aislada» y que yo nunca dejaría de ser tu mejor amigo, no habría podido prever esta situación. Por supuesto, mis críticas sobre tus múltiples y constantes contradicciones te impulsaron, parcialmente, a tomar esta decisión.

El asunto se divide en dos dimensiones: la emotiva y la moral. Tú crees que no existe una verdadera división en este problema, pero yo lo pienso y lo vivo así: con dos conjuntos de experiencias perfectamente separados. En la dimensión emotiva, está el dolor que siento a causa de tu indiferencia intencional y está también tu molestia a causa de mis intentos por corregirte en el plano moral. En la dimensión moral, está mi crítica sobre tu comportamiento, que considero deshonesto y desconsiderado con tus cercanos y sospechosamente secretista e infantilmente narcisista.

Sobre el dolor que siento, este no está inspirado únicamente en la indiferencia, sino también en la impresión de que no te importa hacerme sufrir. Cuando te manifesté esta impresión la última vez que te vi, negaste que fuera así y añadiste que no hace falta nada más para sostener la veracidad de tu afirmación. Pero lo cierto es que, en un asunto emocional como este, si tú no demuestras lo que dices sentir, la única conclusión verosímil es que no lo sientes. Y esta es la conclusión a la que llego todos los días; porque, por supuesto, vuelvo a pensar en este asunto de forma constante con la esperanza de encontrar algo que lo alivie. No hay otra posibilidad: o lo demuestras o te refutas por omisión.

Sobre la molestia que te inspira mi intención, reconozco que también la he sentido con relación a otras personas. Se trata de una experiencia incómoda. Pero, como todas las cosas, este comportamiento tiene una explicación y yo no me negaré a entregarla: así doy a entender por qué mi molestia está justificada y satisfago, al mismo tiempo, la demanda emocional del otro (cuando se trata de alguien cercano). Así que tu rechazo de entregar siquiera este tipo de respuesta y, más aún, de negarte a sostener cualquier tipo de comunicación, me hace sospechar que la explicación detrás de esto debe ser importante y amerita ser resuelta. De manera que mi interés en indagar el asunto termina siendo impulsado mayormente por tu resistencia, aun cuando tú buscases lo contrario.

Te he juzgado como deshonesto por las contradicciones que encuentro entre tu discurso y tu comportamiento: me dijiste que yo nunca dejaría de ser tu mejor amigo, pero ahora te niegas incluso a recibir una llamada telefónica de mi parte. Te he juzgado como desconsiderado por el trato desigual que ofreces a tus cercanos: crees que está bien tratar de corregirme dejándome de hablar, pero consideras inaceptable que yo intente corregirte a ti. Te he juzgado como secretista por tu resistencia a entregar explicaciones acerca de los dos aspectos anteriores: como si se tratara de impugnaciones falsas (que no lo son) o estuvieran motivadas por intenciones perversas (en realidad están inspiradas por observaciones transparentes) o implicaran una transgresión de tu espacio personal (ni yo tengo prohibido preguntar ni tú tienes la obligación de responder). Te he juzgado como narcisista, por último, a causa de tu constante evasión de las responsabilidades: te niegas a admitir que hayas incurrido en alguno de estos comportamientos o que te hayas equivocado alguna vez y te niegas a disculparte porque consideras que esto implicaría reconocer que te equivocaste.

Tú sabes que considero estos comportamientos como síntomas de un carácter emocionalmente inmaduro y que el remedio para este carácter está en la identificación y comunicación de las propias emociones. Lamentablemente, a ti no te interesa ni corregir directamente los comportamientos observados ni colaborar en el proceso de tu maduración emocional (como vía indirecta para corregir esos comportamientos). De hecho, te parece ofensivo que yo proponga este diagnóstico y este tratamiento. No soy psicólogo, ciertamente, pero no creo que mis opiniones ameriten una ira desatada.

Me allané, por último, a no seguir adelante con mi empeño de corregir tus comportamientos perjudiciales. No lo hice por cansancio ni por aliviar el dolor, sino porque me pareció que serviría como una forma simbólica de curar tu mal. Desde mi punto de vista, el afán evidente de engañar a los otros y escapar las consecuencias señala hacia un individuo incapaz de asumir el peso de sus acciones: alguien que no puede llamarse ni libre ni verdadero. Como intento corregir esto a toda costa, pensé que mi propio sacrificio podría servir como remedio. Enfrentar estos comportamientos sin corregirlos implica, por cierto, someterse a una humillación consciente: no es algo que se pueda hacer sin caridad de por medio. Y yo descubrí que tengo la suficiente para hacer este sacrificio y tolerar la humillación con la esperanza de que te dieses cuenta del daño que causas y tomases la iniciativa para corregirte. En el fondo, solo tú puedes hacer esto.

Para mi infortunio, tampoco quisiste retomar el contacto cuando te dije que no insistiría. No sé si mi sacrificio haya sido en vano, pero aún espero que tenga algún sentido.

El monolingüismo es curable

Originalmente publicado en enpelotas.com.


Uno de mis amigos de Canberra llevaba esta frase (la del título) impresa sobre una polera. Recuerdo que él habla perfectamente mandarín aparte de inglés (que es su lengua materna). Quizá su polera debería haber dicho unilingüismo o monoglotismo, pero no es necesario ser tan puristas cuando tenemos ejemplos como sociología o narratología. No estoy seguro de que este amigo haya hablado castellano, pero era capaz de pronunciar perfectamente el alófono alveolar vibrante simple [ɾ]: este suele ser un desafío para cualquier angloparlante.

Me acuerdo de él y de su polera porque, recientemente, El Espectador ha reportado (02–01–2017) que la diversidad lingüística es una amenaza para la investigación científica porque deja algunos descubrimientos fuera del alcance de quienes no leen la lengua en la que están publicados. Aunque el problema parece planteado en el sentido de que la diversidad lingüística obstaculiza el desarrollo de la ciencia, la solución propuesta no apunta a combatir esta diversidad, sino a abrazarla y adjuntar resúmenes en las lenguas más ampliamente habladas en cada artículo.

Cuando leí el planteamiento de este problema por primera vez, imaginé que la solución propuesta sería publicar todos los nuevos descubrimientos y propuestas en inglés. Pensé, de inmediato, que una decisión así atentaría contra la potencia creadora de quienes no tienen el inglés como lengua materna y rebajaría los estándares de desempeño de los investigadores al no esperar de ellos que sean capaces de indagar información en lenguas distintas de la materna. Supongo que es difícil pensar en cualquier área de la Academia en la que no haya que recurrir por lo menos a dos lenguas diferentes para conseguir toda la información relevante.

En filología y arte antiguo, las disciplinas a las que dedico más tiempo, resulta imprescindible leer alemán (lo que hago con mucha dificultad) e inglés. Pero también es importante leer francés, italiano, latín y griego antiguo. Se trata de algo inevitable y que, personalmente, no cambiaría porque siento que la experiencia de indagar datos en todas estas lenguas ha sido enriquecedora para mi formación como académico e investigador. Admito, por cierto, que esta sensación puede ser enteramente subjetiva y que, en realidad, puede dar lo mismo si encontramos la información que buscamos en una sola lengua. Yo quiero contribuir, de todas maneras, a que el castellano se convierta en una lengua importante para la filología y el arte antiguo. Así que me sentiría incómodo, en definitiva, teniendo que escribir en inglés en lugar de castellano para compartir mis opiniones e interpretaciones.

La solución propuesta por El Espectador, no obstante, me sorprendió gratamente y me ha parecido tanto sensata cuanto útil. De hecho, muchas veces me he preguntado si acaso habrá informaciones relevantes para mis investigaciones en las revistas hebreas, árabes, indias, chinas y japonesas. Y esta incógnita aumentó cuando hallé, por casualidad, el nro 13 de la revista Senshoku no bi (1981). Mientras indagaba sobre datos relativos a un tejido copto del siglo 5to dC (Washington DC, Textile 71.117), hice una búsqueda de imágenes en Google utilizando una fotografía del tejido que tenía guardada en mi computador. La búsqueda arrojó, entre otros resultados, la portada de esa revista. Accedí a la página y copié lo que interpreté como el título del volumen en el sitio japonés de Amazon. Encontré el ejemplar a la venta y traté de hacer yo solo el proceso de compra, pero fallé y tuve que pedirle ayuda a mi amigo Kenta para completarlo. De hecho, él se encargó de hacer la compra y me remitió el volumen desde Tokio a Santiago. ¿Cómo no imaginar, entonces, que debe haber otros materiales relevantes a los que no he podido acceder a causa de la barrera lingüística?

Si bien me seduce la idea de contar con resúmenes en mandarín, hindi, hebreo, árabe, etc., creo que lo más efectivo es que los investigadores superen la barrera del monolingüismo. Ellos, más que nadie, se beneficiarán de leer otras lenguas aparte de la materna. Y la única manera de poner en contacto a unos investigadores con otros es que ellos se entrenen para leer textos escritos en distintas lenguas.

«Borrowed Time»: madurando las emociones

Originalmente publicado en enpelotas.com.





La madurez emocional, a diferencia de la física, no resulta inevitable, sino que exige nuestra activa colaboración. Uno de los momentos clave de este proceso invisible es el llamado «crisis de la mediana edad». Pero el proceso parte, habitualmente, en el reconocimiento de la persona como individuo, alrededor de los diez años. Implica reconocer las emociones propias como un fenómeno separado de lo que estamos sintiendo (abstracción), entender cómo ellas interactúan entre sí, comunicar estas emociones a otras personas y comprender la interacción entre las emociones propias y las ajenas.

El cortometraje Borrowed Time (Coats & Hamou-Ladj 2016) está centrado en la dimensión personal del proceso: reconocer las propias emociones y entender cómo interactúan en nuestro interior. El protagonista, envuelto en su propia crisis de la mediana edad, se enfrenta con emociones íntimas enraizadas hacia el final de la niñez y enfrenta el dilema típico del proceso de maduración: aceptar su disgustante mundo interior tal como es o sucumbir en el intento. También cabe la posibilidad de negar infantilmente lo que sentimos, pero esto se opone a nuestra voluntad de superación.

La soledad e inseguridad del espacio y el cambio de los colores a causa de la posición del Sol son un reflejo del escenario interior del protagonista. La forma en que se enfocan los planos señala los cambios anímicos entre el miedo, la esperanza, el horror, la nostalgia. Así, un tic-tac acompaña al crepúsculo después de que las nubes cubrieran el cielo y un viento fuerte llenara el aire.

Andrea Bescós (PlayGround 20-10-2016) manifiesta sorpresa por lo que considera una extravagancia en el «entorno» de Pixar, pero no me parece inusual que las obras audiovisuales contengan lecturas simbólicas o espirituales. Si bien las palabras escasean en esta, el mensaje exhibe una claridad suficiente para llegar a cualquiera a la vez que una intimidad apropiada para enganchar a cualquiera.

Borrowed Time nos recuerda, en apenas seis minutos, varias cosas de peso: que nunca es tarde para reflexionar, que todos tenemos momentos oscuros, que la fortuna juega tanto en contra cuanto a favor y que Terencio tenía razón cuando dijo «homo sum, humani nihil a me alienum puto» (Haut 77).