lunes, 27 de marzo de 2017

«Aquarius», de Kleber Mendonça: en defensa de la propiedad privada

Originalmente publicado en El Otro Cine.

El retrato de la vida de Clara (Bárbara Colen y Sônia Braga) en Aquarius tiene varias dimensiones: la familia, la soledad, la propiedad y el hostigamiento. El centro gravitacional de Clara es el departamento que compartió con su marido y en el que crio a sus tres hijos. Ella permanecerá ahí después de haber enviudado y de que sus hijos se marcharan. No solo su familia se habrá ido, sino que también todos sus vecinos: una inmobiliaria en la que trabajan el dueño del edificio «Aquarius» y su nieto Diego (Humberto Carrão), un arquitecto recientemente graduado en EEUU, han comprado todos los departamentos con el fin de demoler el edificio y levantar otro nuevo. Solamente Clara se niega a vender e incluso tiene la intención de comprar uno de los departamentos que sus vecinos han desocupado.


Clara insiste en vivir en este departamento a pesar de que es dueña de otras cuatro propiedades porque tiene un vínculo emocional con él. Resiste la presión de Diego, de sus hijos y del hijo de unos vecinos que se mudaron porque está determinada a cumplir con su voluntad y a ejercer soberanamente su derecho de propiedad sobre la vivienda que ocupa. Si Diego organiza una fiesta en el departamento de arriba, Clara abre una botella de vino y reproduce unos vinilos. Si su hija Ana Paula (Maeve Jinkings) la acusa de terca, ella le recuerda que es la legítima heredera de su padre. Si descubre que la inmobiliaria juega sucio, ella le muestra que puede jugar aún más suciamente. El carácter independiente y la defensa de la propiedad privada están en el corazón de Aquarius.

La honestidad es una virtud en esta película porque muestra lo dulce y lo agraz de la vida en familia: el amor incondicional de la madre por sus hijos aún cuando cuestionan su decisión de permanecer en el edificio; el cariño del esposo que temió perder a su mujer a causa del cáncer, pero terminó muriendo antes de que ella; el disgusto de la abuela que tiene que hacerse cargo sorpresivamente del pequeño nieto porque su hija decidió despedir a la nana y que, no obstante, disfruta de alegres momentos con él. La tía Lucia (Thaia Perez y Joana Gatis) concentra estas dimensiones opuestas y complementarias en la escena de la celebración de su cumpleaños cuando, durante los enternecedores discursos antes de cantar, ella mira un mueble que está en el living y se recuerda a sí misma teniendo sexo sobre él.

Clara es una mujer solitaria. Ha sido capaz de quedarse sola no sólo en el viejo departamento familiar, sino en todo el edificio «Aquarius». Viuda, sin hijos, sin vecinos. Ella se aferra a los recuerdos: de la familia y del trabajo, del amor y de la música. Y, aunque resiente los embates del exterior, resiste con entereza e integridad: tiene claro lo que siente y lo que quiere, sabe quién es y cuáles son las decisiones que se ajustan mejor a su voluntad; escucha las propuestas y consejos y reproches, pero los responde con seguridad cuando no coinciden con lo que quiere. Su soledad física y espiritual no son un obstáculo o un signo de debilidad, sino el rasgo propio de una persona libre que ha tomado decisiones y asumido las consecuencias de ellas.

El departamento, espacio de intimidad a la vez que de reunión, parece una metáfora de la personalidad de Clara: aislado en medio de departamentos deshabitados, lleno de discos en un lugar silencioso, visitado más por quienes anhelan derrumbarlo que por quienes intentan preservarlo, resabio de una generación anterior que es despreciada por la más reciente. Se trata de un estandarte olvidado que resiste a pesar del ímpetu de quienes pretenden reemplazarlo con otro «mejor»: uno que no respeta la propiedad privada ni la dignidad de una mujer solitaria y libre. Convenientemente ubicado frente al mar, el edificio «Aquarius» es bañado cada día con un aire de libertad que hace invencible a su única residente.

Clara logró superar el cáncer en su juventud y siguió adelante sin su seno derecho. En el umbral de la vejez, se encuentra con un enemigo similar en cuanto al perjuicio que es capaz de causar, pero ella está lista para enfrentarlo. La quimioterapia le había arrancado el cabello y la fuerza, pero ahora su cabello es abundante y le brinda una energía que su contrincante no espera encontrar en una mujer en apariencia disminuida. Como un Sansón moderno, ella derrumba las columnas del «Nuevo Aquarius» antes de que este logre siquiera desocupar el espacio que necesita para levantarse. Desde su soledad y sus recuerdos, se yergue orgullosa para defender lo que le pertenece y conservar el estilo de vida que decidió tomar.

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